Industrias y políticas culturales

“Leer ya no es lo que era”

Fragmento
publicado en Goldin, Daniel, editor: Encuesta nacional de lectura. Informes y evaluaciones, Conaculta, México, 2006.

 

Néstor García Canclini: Leer ya no es lo que era
Publicado en Goldin, Daniel, editor: Encuesta nacional de lectura. Informes y evaluaciones, Conaculta, México, 2006

Se hacen encuestas, por lo general, para responder a preguntas convencionales: ¿quién va a ganar las próximas elecciones? ¿Cuántos están viendo la telenovela? ¿Cómo lograr que la gente lea más? Pero los resultados de una encuesta pueden servir también para averiguar si estamos haciendo las preguntas que importan.
Quienes nos interesamos en promover la lectura nos interrogamos con frecuencia por qué se lee tan poco, a qué se debe que las nuevas generaciones lean menos, cómo hacer que se lea más y no sólo bestsellers. Este artículo parte de una sospecha: quizá hay otras preguntas clave que no estamos enunciando y tal vez sean indispensables para entender lo que está sucediendo con la lectura.
Unos ejemplos: ¿realmente los jóvenes leen menos, o están leyendo en otros lugares, de otra manera y con fines distintos? Y si no leen tanto como en otras épocas ¿por qué debieran leer más y qué valdría la pena que leyeran? ¿Se puede conseguir que aumente la lectura formando e incitando a los individuos, o la frecuencia y el tipo de lo que se lee depende de condicionamientos socioeconómicos y culturales?

Mapas que no corresponden
La Encuesta Nacional de Lectura de 2006, una iniciativa valiosa de CONACULTA, informa quiénes tienen hábitos de leer en México. En su mayoría son jóvenes, entre 12 y 22 años, con escolaridad media y superior, viven en ciudades con más de 500 mil habitantes, en el centro y el norte del país. Sobre todo, en las grandes ciudades, en el DF, Monterrey y Guadalajara. Una primera observación es que este mapa no corresponde con los de la oferta de libros y la potencialidad de lectura. Según el Conteo de Población de 2005, efectuado por el INEGI, 92.1% de los mexicanos mayores de 12 años saben leer. La Red Nacional de Bibliotecas Públicas, uno de los equipamientos culturales que más ha crecido en las dos últimas décadas, cuenta con 7,210 bibliotecas, distribuidas en los 31 estados y el Distrito Federal de modo más equitativo que los teatros, los museos y las computadoras. De hecho, algunos de los estados con mayor porcentaje de bibliotecas por cantidad de habitantes, como Tabasco, Tlaxcala y Oaxaca, se hallan entre los que presentan menores índices de lectura.
Es cierto que el Distrito Federal y el Estado de México poseen el mayor número de bibliotecas, y también de librerías. Las librerías, foco clave de oferta de libros recientes, son escasas en todo el país: el Atlas de Infraestructura Cultural de México, publicado en 2003, registraba 1,146 librerías en todo el territorio mexicano, y varias estimaciones posteriores indican que ese número se fue reduciendo.
Sin duda, la falta de distribución actualizada, constante y diversificada de libros y revistas en la mayoría de los municipios, incluso en ciudades de medio o un millón de habitantes, influye para que existan pocos lectores. O para que en las poblaciones menos equipadas, o sea casi todas, prevalezcan las lecturas obligatorias (libros de texto, enciclopedias), las historietas y revistas light (las de espectáculos, modas, decoración, información televisiva y deportes son las más consumidas). Aun los libros bestsellers llegan poco a las ciudades pequeñas y medianas, de modo que un alto porcentaje del 92.1% de mexicanos que saben leer tienen pocas oportunidades de ejercitarse.

¿Qué me condiciona para que lea o no?

No es el sexo: la diferencia entre el número de horas que leen hombres y mujeres no es significativa, salvo cuando subimos a más de seis horas por semana, donde los hombres declaran mayor dedicación. En cambio, los índices más altos de lectura están asociados a la escolaridad, los ingresos y la edad (como dijimos, los jóvenes afirman leer más, sumando las páginas obligatorias del estudio).
Los hombres leen más libros “para el trabajo” que las mujeres, sobre todo entre 31 y 45 años, si tienen educación universitaria y nivel socioeconómico medio y alto.
En promedio, los mexicanos leemos 2.9 libros al año. Un tercio de la población (33.5%) dice no leer libros. Apenas 4.2% lee más de 10 anualmente, en especial los jóvenes, y la cantidad decrece a partir de los 23 años. Vivir en el Distrito Federal también favorece, ya que se tiene el mejor porcentaje (5.5 libros al año), en tanto el centro y el sur registran la mitad de volúmenes.
La falta de tiempo es invocada por 69% de los entrevistados para justificar por qué no leen, en tanto un tercio declara que simplemente no le gusta. Pero al preguntar en general “cuál considera que es el principal problema que enfrentan hoy las personas para leer”, encabezan la lista de explicaciones la “falta de interés”, de cultura o educación, de hábito, de dinero, y en quinto sitio la escasez de tiempo.
¿Por qué leen, entonces? Para informarse, en primer lugar (24.6%), luego para estudiar (20.5%), porque les gusta (9.2%), para “crecimiento personal” (8%), actualización o mejora profesional (7.3%) o divertirse (6.8%). En último lugar, aparece “el deseo de tener qué platicar”, con un modestísimo 1.8%, lo cual permite inferir que las novelas, los periódicos y las revistas no le sirven a la mayoría para cultivar la sociabilidad ni para compartir información.
Entre quienes dicen leer, más de la mitad (58.7%) señala como razón principal el atractivo del tema, luego la recomendación de amigos o familiares (30.2%), para hacer tareas escolares (28.6%) y mucho más abajo “porque me gusta leer” (16.4%), aunque también el interés por el tema podría vincularse al valor lúdico que se otorga a la lectura. Como estímulo para leer, los comentarios en prensa, radio y televisión quedan en el último puesto, por un lado creando un círculo entre la baja relación con los libros y con los periódicos, por otro confirmando el escaso uso de los medios para fomentar y complementar la lectura.
La pobre vinculación entre lectura y gusto, sumado al alto número de los que nunca lo hacen, lleva a pensar que la pregunta por lo que nos condiciona para leer no es retórica. La mayoría considera la lectura como una tarea práctica, incluso una obligación: para cumplir con la escuela o con el trabajo. Los niveles más altos de quienes responden “me gusta mucho leer” no se dan entre quienes más lo hacen (los jóvenes), sino a partir de los 46 años, lo cual pareciera avalar la extendida hipótesis de que la cultura audiovisual y electrónica ha disminuido la atracción de la lectura.
Son interesantes las respuestas sobre los lugares donde se lee. La casa, sobre todo en el cuarto o la sala, es el lugar preferido por 72.1%. La minoría que dice leer fuera del hogar lo hace en la escuela, el trabajo o mientras viaja, y apenas un tercio de quienes leen fuera de la casa –o sea, 10% del total de lectores- menciona las bibliotecas. Se confirman, así, la baja importancia de la lectura por placer, y la desconexión masiva entre el vasto sistema de bibliotecas y las prácticas culturales. El hecho de que al preguntar cómo consiguen los libros, sólo 10.2% se refiera a las bibliotecas o salas de lectura, 45.7% diga comprarlos, 20.1% recibirlos en préstamos de amigos o familiares, y 17.9% por regalo, también invita a repensar el papel de los lugares públicos de préstamo y consulta en una nación en que predominan los ingresos bajos y donde la falta de dinero o el costo de libros y revistas son señalados como impedimentos significativos. Es en el modo de acceso a los libros, donde el nivel socioeconómico marca más los comportamientos. Pero aun desde esta perspectiva llama la atención que en el estrato de ingresos más bajos apenas 15.5% asista a bibliotecas y salas de lectura. Aunque la pregunta acerca de si “alguna vez usted ha ido” a una biblioteca dio 66.4% de respuestas afirmativas, el conjunto de datos más indirectos que acabo de articular, referidos al uso anual de esa vía de acceso a los libros, es más indicativo del estrecho lugar que esas instituciones ocupan.
Si a esto agregamos que más de la mitad de los entrevistados (54.3%) afirmó no haber llegado a comprar un libro al año, y a eso se suma que otro 20.1% gastó en ellos “menos de 500 pesos al año”, hay que reconsiderar con urgencia qué está sucediendo con las 7,210 bibliotecas… o con otras posibles vías de expansión de la lectura.
¿Dónde compran los libros? La pregunta admitió respuestas múltiples: 81.6% mencionó las librerías, y 99.2% de las contestaciones nombraron lugares no tradicionales (ferias del libro, tiendas de autoservicio, escuelas, tianguis, puestos de periódicos y vendedores ambulantes). La encuesta no ofrece más detalles. Pero ya mencionamos la escasa y concentrada distribución de librerías en el país. Otros estudios han destacado el cierre de librerías especializadas o “culturales” y su desplazamiento por las grandes superficies. Sería necesario conocer qué porcentaje de libros se venden y qué porcentaje de compradores los buscan en centros comerciales, librerías pequeñas y medianas de bestsellers (tipo Sanborns oVips) y aun en puestos improvisados de libros, discos y videos piratas.

Lectura vs. imágenes
Los maestros suelen hablar de un divorcio o un cortocircuito entre la escuela y la lectura, y, por otra parte, el mundo de la televisión, el cine y otros entretenimientos audiovisuales. Las encuestas que contrastan el tiempo que los niños y los jóvenes destinan a leer en comparación con las horas diarias que pasan frente a la televisión parecen confirmar ese desencuentro como una sustitución. La Encuesta Nacional de Lectura que estamos analizando, al registrar el uso del tiempo libre, también presenta ver televisión, descansar, las reuniones con amigos y familiares, escuchar música, practicar deportes e ir al cine antes que la lectura de libros.
Esta visión antagónica entre lectura y tecnologías audiovisuales es replanteada desde hace varios años, tanto en los estudios sobre cultura como en los que se hacen sobre comunicación. Comienza a cambiar, también, la concepción de la esuela y la interacción de la lectura con la visualidad. El punto de partida es averiguar cómo conviven ahora la cultura letrada, la cultura oral y la audiovisual. Efectivamente, los saberes y los imaginarios contemporáneos no se organizan, desde hace al menos medio siglo, en torno de un eje letrado, ni el libro es el único foco ordenador del conocimiento. (Martín Barbero, 2002; Morduchowicz, 2004).
Se trata, ya sabemos, de un proceso de recomposición de la cultura a escala mundial. Hace veinte años todavía podía imaginarse a la televisión como amenaza para la lectura (otros la temían como sustituto del cine o del teatro o de la vida pública urbana). Ahora, la convergencia digital está instaurando una integración multimedia que permite ver y escuchar en el celular o la palm audio, imágenes, textos escritos y transmisión de datos. Ni los hábitos actuales de los lectores–espectadores-internautas, ni la fusión de empresas que antes producían por separado cada tipo de mensajes, permite ya concebir como islas separadas los textos, las imágenes y su digitalización.
México está participando plenamente de este proceso, como lo evidencia la Segunda Encuesta Nacional de Juventud, realizada en 2005, cuyos resultados se publicarán próximamente. Encontramos allí que la computadora, Internet, el celular, la agenda electrónica, el Mp3 y los videojuegos están incorporados a los hábitos de 50 a 80% de los jóvenes. La posesión de esos recursos es mayor, por supuesto, en los niveles económicos altos y medios, pero también están familiarizados con los avances tecnológicos muchos jóvenes a través de los cibercafés, la escuela y la sociabilidad generacional. Quienes dicen que saben usar los recursos tecnológicos son más del doble de los que los tienen: 32.2% de los hombres tienen computadora y dicen manejarla 74%; la relación en las mujeres es de 34.7% a 65.1; poseen Internet 23.6 de los varones, en tanto 65.6% lo utiliza, y en las mujeres la distancia es mayor: de 16.8 a 55.9%.
Podemos concluir que el acceso es menos desigual que la posesión del equipamiento tecnológico, aunque sabemos por investigaciones sobre el uso de instrumentos avanzados de comunicación en el sector más capacitado –los estudiantes universitarios- que tener en casa computadora e Internet suele asociarse a una utilización más fluida e intensiva. De modo semejante, el mayor nivel económico familiar que el equipamiento revela está ligado a destrezas y capital cultural (manejo tecnológico y del inglés) para emplear en forma más productiva y diversificada tales recursos (De Garay, 2003).
Si con la expansión de aparatos audiovisuales y electrónicos la vida cotidiana, la información y la formación de los jóvenes se hace más horas por día ante pantallas que ante los libros y revistas, y con frecuencia durante más tiempo que el dedicado a la escuela y a las interacciones personales, la brecha entre quienes poseen o no esas máquinas, y quienes las tienen en sus casas o deben usarlas fuera ocasionalmente, se vuelve decisiva en la distancia entre clases y estratos sociales.
La distinción socioeconómica y cultural entre los jóvenes ya no se organiza sólo por referencia al capital familiar (calidad de la vivienda y barrio donde viven). El universo cultural de los jóvenes ha pasado del comedor o la sala a la recámara personal en los sectores medios y altos. Como observa Roxana Morduchowicz, se transformaron los vínculos familiares y la propiedad de los medios: dejaron de ser “de la familia” y pasaron a ser “del hijo mayor”, “del hijo menor”, “de la hija”, “de la madre” o “del padre”. Dado que esta posesión personalizada, cuando se trata de aparatos portátiles (celulares, discman, iPOD), permite trasladar los signos de distinción a las interacciones públicas o entre amigos, el equipamiento individual se vuelve un recurso de acceso personalizado a la información y el entretenimiento, y un marcador de clase que cada uno lleva consigo a múltiples escenarios.
La Encuesta Nacional de Lectura de CONACULTA da resultados semejantes. Casi la tercera parte de los entrevistados dijo usar computadora (31.6%), y de este grupo tres cuartas partes (76.5%) emplea Internet. La práctica más frecuente se encuentra entre adolescentes y jóvenes, así como en quienes poseen educación universitaria, con promedios más elevados en las grandes ciudades. También esta investigación muestra que la casa es el lugar en que la minoría usa computadora e Internet, en tanto el café internet, la escuela y el trabajo son las sedes predominantes de la consulta electrónica.
¿Para qué usar la computadora e Internet? Hacer tareas, estudiar, informarse y enviar o recibir mensajes están entre las actividades principales. Todas son formas de lectura y escritura. Distraerse, oír música y jugar ocupan tiempos significativos, pero en la mayoría no son la práctica principal.
Pese a que la lectura en pantalla crece y es mucho mayor que la asistencia a bibliotecas y librerías, cuando se pregunta con qué palabras asocian lectura las cinco primeras que surgen son “libro”, “leer”, “escuela”, “aprender” y “conocimiento”. Hay una complicidad entre las asociaciones de los entrevistados y el papel central dado por la Encuesta a los libros en la detección y evaluación de la relación con la lectura.
Sin embargo, las pocas preguntas formuladas por los encuestadores acerca del uso del tiempo libre y de lugares no tradicionales para la lectura y la escritura (café internet, trabajo) obligan a no ver la secuencia lectura-libros-escuela-aprender-ser culto de forma cerrada. Se usa la capacidad de leer no sólo para libros y revistas sino en pantallas, no sólo para cultivarse (en el sentido escolarizado) sino para elegir espectáculos, formarse como deportista o como mujer, saber qué música se escucha, qué hay en la televisión y los cines, escribir correos electrónicos o chatear.
Así como se preguntó sobre los libros favoritos y aparecieron La Biblia, Cien Años de Soledad, El Principito y El Código da Vinci, sería útil para repensar los programas de estímulo a la lectura conocer cuáles son las páginas web más consultadas. Tanto como confirmar que la enorme mayoría de los mexicanos gasta muy poco en libros o el lugar que ocupan en los regalos, importaría saber qué escriben y qué leen en los correos electrónicos y en las visitas a páginas de información y entretenimiento. Si el porcentaje de viviendas con computadora se duplicó entre 2000 y 2005, pasando de 9.35% a 19.6%, y la mayoría de los usuarios no la tienen en su casa, mucho de lo que está sucediendo y transformándose en los modos de leer ocurre fuera del hogar, la escuela y las bibliotecas.
En las conclusiones del informe de la Encuesta, se duda acertadamente de que pueda seguir centrándose la discusión pública sobre la lectura en el porcentaje promedio de libros leídos por año. Se reconoce que otros “materiales impresos”, con mayor difusión, evidencian una diversificación de los modos de leer: “la formación lectora es un proceso multifactorial”, y si se quiere “ampliar el número de lectores y mejorar su capacidad”, “es necesario actuar desde diferentes ámbitos”, no sólo “desde los directamente involucrados en la educación y la cultura” sino “desde otros aparentemente más alejados, por ejemplo el de la salud, ya que una de las dificultades para la lectura más mencionadas fue justamente padecer de problemas de la vista”.
¿Y si además nos propusiéramos considerar cuánto influyen para que México sea un país que lee poco la distribución desigual del ingreso, las deficientes políticas educativas y las políticas culturales gutemberguianas, desubicadas en relación con los lugares y medios donde la mayoría se informa y entretiene? Quizá descubriríamos que no se lee tan poco, ni menos que en el pasado. Se venden menos periódicos, pero centenares de miles los consultan diariamente en Internet. Disminuyen las librerías –hay que preocuparse y elaborar políticas más eficaces para darles sustentabilidad, sobre todo a las especializadas-, pero aumentaron los cibercafés y los medio portátiles de mensajes escritos y audiovisuales.
Última objeción: ¿no hay algo que se pierde irreparablemente cuando se desconoce la información razonada de los periódicos y se prefieren los clips rápidos de los noticieros televisivos, cuando los libros son reemplazados por la consulta fragmentaria en Internet? ¿No ofrecen los libros una experiencia más densa de la historia, de la complejidad del mundo o de los relatos ficcionales que la espectacularidad audiovisual o la abundancia fugaz de la informática? ¿Qué queda en las interconexiones digitales, en la escritura atropellada de los chateos, de lo que la lengua sólo puede expresar en la lenta elaboración de los libros y la apropiación paciente de sus lectores?
Soy de los que piensan que hay que preservar y seguir cultivando lo que los libros representan como soportes y vías de elaboración de la densidad simbólica, la argumentación y la cultura democrática. Pero no veo por qué idealizar, en abstracto, generalizadamente, a todos si al preguntar a los lectores sobre su libro favorito 40% no sabe cuál es y entre los mencionados sobresalen Juventud en éxtasis y El código da Vinci.
En vez de seguir oponiendo los libros y la televisión, convendría ensayar formas diversificadas de fomentar la lectura en sus múltiples oportunidades, en las páginas encuadernadas y en las pantallas. Esto requiere mucho más que exhortaciones ilustradas a leer: hay que reconvertir las bibliotecas esclerosadas en centros culturales literarios y audiovisuales donde los estantes convivan con talleres atractivos, computadoras y accesos a Internet. Necesitamos más librerías amables, no sólo para comprar sino donde se pueda tomar café mientras se conversa sobre los libros, o ferias que inviten masivamente a los jóvenes, como la de Guadalajara, pero donde las mayores adquisiciones sean hechas por bibliotecarios mexicanos y no, como ahora, por los de Estados Unidos.
Por supuesto, también reactivar la industria editorial mexicana, que fue líder junto con la argentina, entre los años 40 y 70 del siglo pasado, abarcando 75 por ciento de los títulos en castellano, para que los estantes de nuestras librerías y ferias no sigan desequilibrados ofreciendo dos de cada tres libros de sellos extranjeros. Difícilmente, la bibliodiversidad de las librerías, aun cuando se expandan y mejoren, pueda competir en los próximos años con servidores de Internet que ya ofrecen repertorios más vastos y ágiles para las tareas escolares, ni con los 15 millones de volúmenes provenientes de bibliotecas públicas e instituciones exentas de derechos de autor que sólo Google anuncia poner en red próximamente (Ruiz Mantilla, 2005). Es imposible que participemos en forma apropiada en esta nueva etapa si no actualizamos nuestra legislación sobre propiedad intelectual para proteger a los autores, estimular a las editoriales mexicanas y desarrollar convenios de coproducción con otros países iberoamericanos (como lo hace el programa Ibermedia en el cine). Un país latinoamericano que tiene menos de la mitad de población que México, con guerra y otras complicaciones internas –Colombia- ha logrado, gracias a una legislación que exime de impuestos a la industria editorial, multiplicar por veinte su producción en 30 años, atraer empresas extranjeras y exportar, crear y sostener empleos, mientras en México seguimos comprobando que aún nuestros libros locales a menudo resultan más baratos si los imprimimos en España, Colombia o Hong Kong.
Por todo lo dicho, involucrar a los medios de comunicación en el fomento de la lectura (no sólo a las radios y televisoras culturales; también a la televisión comercial como parte de sus responsabilidades públicas en la convergencia digital), es una tarea indispensable para desarrollar la industria editorial y expandir la lectura.
Todo esto queda por hacer si aspiramos hacia un país con lectores. Y como si fuera poco, hay que recordar lo que la sociología y la economía de la cultura han vuelto ya una obviedad: la mayoría de los planes de movilidad cultural se restringen a los públicos de siempre si no hay movilidad económica y calidad educativa.




BIBLIOGRAFÍA

CONACULTA, Atlas de infraestructura cultural de México, México, 2003.

De Garay, Adrián, 2003. Las prácticas sociales de los jóvenes universitarios de la Universidad Autónoma Metropolitana, Tesis de doctorado en Ciencias Antropológicas, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.

Instituto de la Juventud, Encuesta Nacional de Juventud 2005, México DF, en prensa.

Martín-Barbero, Jesús. La educación desde la comunicación, Enciclopedia Latinoamericana de Sociocultura y Comunicación, Grupo Editorial Norma, Argentina, 2002.

Murduchowicz, Roxana. El capital cultural de los jóvenes, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2004.

Ruiz Mantilla, Jesús. “Babel en la pantalla del ordenador”, El País, Madrid, 10 de abril de 2005, p.30.