Industrias y políticas culturales

¿Qué queremos decir con diversidad y calidad en los medios?

Asociación Mexicana de Derecho a la Información
Encuentro Nacional por la Diversidad y la Calidad
en los Medios de Comunicación
México, DF, 5 y 6 de abril de 2011

¿Qué queremos decir con diversidad y calidad en los medios?

Asociación Mexicana de Derecho a la Información

Encuentro Nacional por la Diversidad y la Calidad
en los Medios de Comunicación
México, DF, 5 y 6 de abril de 2011

 

Néstor García Canclini

 

 

Podría afirmarse que los medios masivos nacieron creando relaciones paradójicas entre la diversidad y la calidad. Su vocación principal ha sido comunicar a culturas distintas, pero subordinando las diferencias a repertorios compartidos. La preocupación por la homogeneidad no fue sólo paranoia de los apocalípticos sino objetivo de los que querían integrar: dar cohesión a una nación, a los hablantes de una lengua o los clientes de un mercado. Los medios también constituyeron, se lo propusieran o no, un movimiento contra la calidad cultural, según fue entendida en la primera modernidad como recurso de distinción y autoprotección de las élites.
Sin embargo, el desarrollo de los medios no extinguió la diversidad ni la búsqueda de calidad. Nunca tuvimos, como hoy, tantas radios, canales de televisión abiertos y de paga, y la facilidad para multiplicarlos y desmentirlos a través de la computadora. Existen, ya se sabe, concentraciones monopólicas que sabotean esta expansión al clonar los mismos formatos y narrativas. Prospera, no obstante, la diversidad de los imaginarios. Los estudios mercadotécnicos descubren cuevas culturales donde todavía se reproducen los adictos a la ópera o al golf, o advierten el cosmopolitismo creciente de los gustos gastronómicos, e informan cómo todo eso puede ser televisable en canales distintos, con variadas entonaciones del español y recursos estéticos de muchas culturas occidentales, asiáticas y africanas. La tele es hoy una gran feria del folclor mundial.
Definir la calidad es más complejo que caracterizar lo diverso. En la época de acumulación primitiva de públicos predominaba una noción de calidad: la provista por las estéticas modernas, cuyos criterios de valoración –originalidad e innovación incesante – eran poco atractivos en medios apresurados por seducir a vastas audiencias con convenciones probadas. La radio y el cine mostraron nuevos caminos para superar el elitismo pero durante décadas –y hasta hoy- mantienen irresuelta esta división: por un lado, el sistema de valores de las radios o televisiones culturales y el cine de autor; por otro, las radios, televisoras y películas fabricadas para obtener rendimiento comercial. Cuando se pregunta a la radio y la televisión culturales por su idea de valor responden con argumentos de las estéticas cultas y de la racionalidad democrática moderna; del otro lado, no nos contestan con argumentos sino con cifras de audiencias.
En años recientes, otros tipos de calidad fueron importando: la tecnológica, la espectacular, el aprovechamiento pleno de la potencialidad de cada medio o soporte, la eficiencia en el cumplimiento de objetivos comerciales, la representatividad social y la pluralidad política. ¿Cómo combinar estos criterios de valoración a fin de actualizar una legislación que sirva para el conjunto de los medios? ¿Tiene sentido aplicar los mismos criterios para identificar calidad si hablamos de concursos, reality shows, series de HBO, comentaristas deportivos, programas de información y los que mezclan las noticias con el entretenimiento y el soft porno?
Por el momento, registremos que las discusiones sobre diversidad y calidad se han complejizado y que están interconectadas. Nos ocuparemos más delante de sus interrelaciones, pero vamos a dedicar unas páginas a las vicisitudes separadas de cada noción.
Lo diverso ya no es lo mismo
¿Cómo está cambiando la idea de la diversidad? En la investigación social y en las políticas culturales nos estamos moviendo desde las formas territoriales de diversidad hacia el reconocimiento de otras diferencias generadas por la comunicación transnacional. Siguen predominando en la antropología los estudios acerca de indígenas, culturas regionales y grupos subalternos urbanos: la noción de indígena, por ejemplo, es develada como una construcción histórica colonial que no abarca a un conjunto homogéneo de actores. Y además de reconocer las diferencias de los mayas, los nahuas, los tarahumaras y los yaquis, consideramos a los indígenas urbanos incorporados a industrias o servicios.
Los movimientos sociales y la sociología, por su parte, han hecho visible el significado de las diferencias económicas, de género, educativas y mediáticas. Las políticas de modernización homogeneizante, que ignoraban la diversidad, van admitiendo el distinto potencial creativo de cada sector, así como sus derechos específicos. Varias constituciones nacionales se reformaron para incluir el reconocimiento de que son "países pluriculturales": Colombia en 1991, México en 1992, Brasil y Ecuador en 1998. Muchos gobiernos pasaron de las políticas asimilacionistas, según las cuales las lenguas y costumbres de los pueblos originarios serían obstáculos para el desarrollo, a implantar educación multilingüe y más recientemente programas educativos multiétnicos. Los países más avanzados no solo dan enseñanza multicultural; forman en y para la interculturalidad. Al entender las diferencias en el marco de la interculturalidad, se asume que, junto con la potencialidad creativa, la diversidad es fuente de conflictos. No se trata sólo de aceptar los derechos de los indígenas, las mujeres y los migrantes, sino de construir una convivencia con los que no nos gustan, los que viven lejos pero con los cuales estamos en interdependencia dentro de cada nación y en el mundo.
Las interacciones globalizadas, que abarcan pueblos lejanos, exigen concebir otra convivencia más compleja y extendida que la de las teorías y políticas territoriales de la diversidad. Requieren políticas educativas, culturales y comunicacionales que trasciendan las fronteras.
Los medios de comunicación –nuestros recursos culturales y políticos más transnacionalizados – parecen tener poca capacidad para organizar las diferencias y la interculturalidad. Carecemos en México de televisoras indígenas, existen muy pocas radios y medios escritos en lenguas aborígenes. Las mayores empresas de producción musical y cinematográfica no cultivan la globalización como interconexión de los diferentes sino como expansión concentrada de versiones estilizadas de la otredad, sólo de aquellas que pueden aparecer reconciliadas o estigmatizadas. Los etnomusicólogos describen estas operaciones de reducción de lo discordante a propósito de la world music que, mediante artificios electrónicos como la ecualización, vuelve fácilmente conmensurables estilos culturales cuya distancia reclama esfuerzos personales y colectivos de comprensión (de Carvalho, 1995). Esta equilibración forzada de intensidades, tradiciones e innovaciones puede ser grata en la acústica de aeropuertos, no para la elaboración trabajosa de ciudadanías mundializadas.
En tiempos de control estatal de las culturas lo opuesto a la diversidad era la homogeneidad nacionalista. Cuando prevalecen las industrias culturales privadas y transnacionales, como escribió Enrique Sánchez Ruiz, lo que atenta contra la diversidad es la concentración. Hay que agregar que concentración no es sinónimo de homogeneidad. La concentración monopólica de los medios opera seleccionando algunas manifestaciones de la diversidad, ciertos contenidos, y les da distintas escalas de visibilidad: por ejemplo, los grupos editoriales españoles, como Santillana, publican a los novelistas que ellos juzgan más prestigiosos o vendibles de cada país y a la vez no todos los autores que editan circulan en el conjunto de los países hispanohablantes; la mayoría queda dentro del mercado nacional. Existe, por tanto, una distribución concentrada y desigual de la diversidad.
Esta distribución desigual no sucede, como se pensó a fines del siglo pasado, bajo la estructura de simple confrontación entre norte y sur. Dentro de América latina, al analizar la concentración mediática y de telecomunicaciones, Martín Becerra y Guillermo Mastrini, llegaron a esta clasificación de países según la estructura de los mercados y los niveles de acceso:

 

Trejo, Raúl. "Acuerdo pertinente, utilización indeseable" en Sociedad y Poder: un blog de Raúl Trejo Delarbre, 25-mar-2011. http://sociedad.wordpress.com/, consultado el 28-marzo-2011