Hibridación e interculturalidad

"El horizonte ampliado de la Interculturalidad".

Conferencia

Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales CLACSO.

Ciudad de México, 6 al 9 de noviembre 2012.

"El horizonte ampliado de la Interculturalidad".

Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales CLACSO.

Ciudad de México, 6 al 9 de noviembre 2012.

 

¿Se puede hacer un mapa de la interculturalidad? Supongo que los organizadores de este evento me pidieron este tema porque esa frase aparece como subtítulo de un libro que publiqué hace una década. No puedo limitarme a actualizar las cifras de indígenas y afroamericanos, que di entonces. Los cambios recientes han vuelto visibles otros movimientos interculturales que también necesitamos considerar para entender procesos sociales que no suelen estudiarse bajo ese nombre: la integración y desintegración económica, la descomposición de muchas sociedades y la difícil ubicación de los jóvenes en mercados laborales que los excluyen. Al expandir así el análisis, la interculturalidad aparece como una clave para repensar la teoría social y la relación entre las ciencias sociales.
Varios antropólogos han sugerido que la cultura no es ya el sujeto central de su disciplina, sino más bien la interculturalidad (Arjun Appadurai, Marc Abélès). La globalización económica y los usos de tecnologías digitales acentúan la interdependencia entre sociedades que habían desarrollado sus historias por separado, ¿No es un componente actual de la crisis del capitalismo la confrontación entre maneras diversas de entender el desarrollo en oriente y occidente? Si miramos los fracasos de la unificación europea y aun las políticas separatistas en varios países, como en España, es necesario combinar el estudio de la regresión económica con las dificultades de convivencia de lenguas y estilos de vida. En otras épocas pudimos pensar que la interculturalidad era un tema de la antropología; ahora advertimos que la posibilidad de sostener intercambios transnacionales de bienes y mensajes, las tensiones que suscitan las migraciones y el vivir con extranjeros interesan a todas las ciencias sociales.

 

 

Las dudas de los cartógrafos
Comencemos poniendo al día la geografía de la diversidad. Al contrario de los temores que atribuían a la globalización una creciente homogeneidad de las culturas, persiste la heterogeneidad histórica de América Latina y el Caribe. Actualmente hay en esta región 5222 pueblos originarios o indígenas. México, con 67 etnias, tiene la cifra más alta de población indígena: 9,504,184 personas, o sea un 9% de los habitantes. Los países con porcentajes más elevados son Bolivia, con 66.2% y Guatemala con 39.9%. Según las estadísticas oficiales habría en América Latina 28.858.580 indígenas, o sea el 6%. Otras estimaciones oscilan entre 40 y 50 millones, como la del PNUD que atribuye a los indígenas ser el 10% de los latinoamericanos, ¿A quién creerle?
Seguimos enredados en dos problemas crónicos de las ciencias sociales y de las políticas demográficas. Uno es la discusión irresuelta sobre las categorías de los censos y las preguntas que se usan para registrar la población indígena. En algunos países se identifica como indios a los que hablan las lenguas originarias, en otros se guían por la autodefinición de los encuestados, algunos siguen empleando los criterios de "color o raza" y hay quienes sostienen que es mejor no diferenciar a los indígenas en los censos para no discriminarlos. Una de las naciones en que la falta de acuerdo sobre los modos de contar a la población genera más discrepancia es Ecuador: según el censo de 2001, siguiendo el criterio "lengua" habría 582.542 indígenas y con el criterio "autoidentificación" 834.418, lo que daría un 4,3% y un 6,8% sobre la población total respectivamente. Pero la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) aseguró en 2006 que en el país el 33,3% de la población era indígena ( UNICEF, 2010)

 

La segunda cuestión es saber si tiene sentido nombrar como indígenas a etnias diversas. Por qué unificar, por ejemplo, a los 241 pueblos aborígenes de Brasil, a los 83 de Colombia o a los 43 de Perú. Menos aún pueden agruparse como un único fenómeno social a etnias de diversos países de América Latina: los aymara de Bolivia, los mapuche de Chile, los nahuas y mayas de México, los kuna de Panamá y los yanomami de Venezuela. Incluir a todos en un mismo paquete es negar sus demandas de autonomía territorial y autodeterminación política, lingüística y económica. En Bolivia o en Guatemala el hecho de que los indígenas sean mayoría tampoco los convierten en sinónimos de bolivianos o guatemaltecos, porque la noción de indígena se desglosa en muchos grupos y porque históricamente sus demandas han sido reprimidas o subestimadas. En síntesis, la noción de indios es una construcción histórica colonial prolongada por los Estados nacionales modernos (Bartolomé, 2009).

Aún más difícil es ponerles nombres y cifras a los llamados negros, afroamericanos o afrodescendientes . Pese a que algunas estimaciones les adjudican el triple de volumen demográfico que a los indígenas- unos 150 millones de personas- sus territorios están pocos definidos, suelen ser el sector más pobre, con los trabajos peor remunerados, menos organización política y bajo reconocimiento por parte de los Estados. Aún en el país con mayor población de origen afro, Brasil, donde se estiman alrededor de 80 millones, las estrategias históricas de blanqueamiento y las políticas recientes de acción afirmativa hacen difícil responder a la pregunta de quienes son negros. Ni siquiera en los movimientos afro hay acuerdo acerca de si esta duda se resuelve con pruebas DNA, aceptando la autoidentificación o aprovechando la política de cuotas (Munanga, 2004).

Vemos así que una forma primaria de interculturalidad es la que se oculta bajo los agrupamientos estadísticos que subsumen como indígenas o afrodescendientes a centenares de grupos con perfiles culturales muy distintos y los colocan a la fuerza como miembros de una entidad abstracta.

En paralelo a la interculturalidad compulsiva de las estadísticas se han producido las mezclas de las migraciones. En varias ciudades mexicanas, por ejemplo el Distrito Federal, entre las llamadas lenguas indígenas predominan hablantes de náhuatl, que se agrupan principalmente en las delegaciones del sur de la capital (Tlalpan, Milpa Alta, Tláhuac) y eligen sus autoridades de acuerdo con las tradiciones comunitarias; pero interactúan en la misma ciudad con migrantes indígenas de otras regiones del país y por supuesto con la mayoría de hablantes de español y con decenas de miles que se comunican en inglés. En ciudades de frontera como Mexicali y Tijuana conviven mayas, purépechas, otomíes y representantes de otras etnias de todo México que, al no poder migrar a Estados Unidos, se quedan de este lado de la frontera.

Heterogeneidad cultural: un objeto transdisciplinario

La complejidad de la convivencia intercultural ha llevado en varios países a convertirla en asunto de la sociología política. Un diálogo creativo entre sociólogos, políticos, antropólogos y movimientos sociales ha contribuido a que los modelos homogeneizantes de la modernización, que ignoraban las diferencias culturales, vayan admitiendo, dentro de la misma sociedad, los derechos de cada grupo. Varias constituciones nacionales se reformaron para consagrar a "países pluriculturales": Colombia en 1991, México en 1992, Brasil y Ecuador en 1998. Se ha pasado de las políticas asimilacionistas, según las cuales las lenguas y costumbres de los pueblos originarios serían obstáculos para el desarrollo, a implantar educación multilingüe y programas educativos multiétnicos. Los países más innovadores no solo dan enseñanza multicultural; forman en y para la interculturalidad. Sabemos que esta transformación no se produce sin conflictos: de modos diversos en Guatemala y otros países donde los movimientos indígenas son negados violentamente, o en Bolivia, el país donde el cambio de régimen político es resistido por antiguas élites y un sector de las clases medias. Hay que decir que estos avances están siendo erosionados no solo por las disputas internas en cada nación sino por la descomposición económica regional y mundial.

Una zona donde es muy visible la contradicción entre avances interculturales y regresión económica es la Unión Europea, el continente donde se construyó la integración multinacional más compleja y con más sentido social. Al desarrollar entre países con muchas lenguas un diálogo arduo para configurar una región fuerte en medio de las disputas globalizadas, se entendió que, si se iba a reducir la soberanía de cada nación, no podía dejarse que sólo las mercancías cruzaran las fronteras. Se estableció una ciudadanía común y se construyeron programas de protección social conjunta e intercambios educativos transnacionales, como el programa Erasmus, o de comunicación intercultural como los programas Media y Euroimages.

Sin embargo, la asociación del fortalecimiento económico regional con programas de educación multilingüe, más las decenas de miles de becas para que estudiantes españoles hicieran parte de sus estudios en otros países, tantos millones de euros invertidos para expandir el cine y la televisión, incluso de naciones con bajo equipamiento cultural, se deshacen bajo las acciones desestabilizadoras de la gobernabilidad ejercidas por las agencias calificadoras y los bancos con la complicidad de los gobiernos. Dos países fundadores de la democracia y el cosmopolitismo moderno ven crecer el nacionalismo racista: Francia expulsa gitanos, africanos y latinoamericanos; Grecia, asfixiada por imposiciones económicas externas y corrupción interna, ve crecer un partido neonazi, Aurora Dorada, según el cual echando a los extranjeros, incluso de otros países de Europa, se saldrá del precipicio. En Hungría, Finlandia y Holanda también se vuelven fuerzas políticas protagónicas las que proclaman que todo se arreglará si expulsan a los diferentes.

Cuando la discriminación no es ocurrencia de represores o minorías sino que se vuelve un recurso clave para la organización social a través de partidos que llegan al tercer lugar en los resultados electorales, hay que trascender al análisis cultural y las estrategias educativas. Necesitamos pensar socialmente las catástrofes económicas y el papel que tienen los agentes financieros en la interculturalidad.

¿Cómo se desenvuelven hoy las relaciones entre economía e interculturalidad en América Latina? La estigmatización de los extranjeros, por ejemplo de bolivianos y paraguayos en Argentina, comenzó antes del neoliberalismo, así como ocurrió en Estados Unidos con los mexicanos y en México cuando se discrimina a los migrantes centroamericanos. Pero en estas y otras naciones las xenofobias históricas se agudizan ante la dificultad de explicarse las crisis. Si las ciencias siguen teniendo por vocación desmitificar la irracionalidad, es preciso estudiar, como factores cómplices, a los gobiernos que entregan alegremente dineros públicos a los bancos, las políticas migratorias y las diversas formas de reprimir las diferencias culturales. El estudio transdisciplinario, además de una necesidad epistemológica, es una urgencia para abarcar la articulación de variables sociales, culturales y políticas que intervienen en la degradación combinada del capitalismo y la democracia.

Lo diverso ya no es lo mismo

La interculturalidad es un proceso comunicacional. Se ha expandido, como dijimos, con el aumento de las migraciones. El otro factor que reconfigura el mapa es la reorganización mediática y transnacional de las comunicaciones entre culturas.

 

Los medios de comunicación –nuestros recursos culturales y políticos más transnacionalizados – parecen tener poca capacidad para organizar la convivencia entre diferentes. Carecemos, en países tan multiétnicos como México, de televisoras indígenas, y en general existen muy pocas radios y medios escritos en lenguas aborígenes. Las mayores empresas de producción musical y cinematográfica no ven la globalización como interconexión de los diferentes sino como expansión concentrada de las culturas hegemónicas y de versiones estilizadas de la otredad, sólo de aquellas que pueden aparecer reconciliadas o conviene estigmatizar. Los etnomusicólogos describen estas operaciones de reducción de lo discordante a propósito de la world music que, mediante artificios electrónicos como la ecualización, vuelve fácilmente conmensurables estilos culturales cuya distancia reclamaría esfuerzos personales y colectivos de comprensión (de Carvalho, 1995). Esta equilibración forzada de intensidades, tradiciones e innovaciones puede ser grata en la acústica de aeropuertos, no para la elaboración trabajosa de ciudadanías mundializadas.
En los viejos tiempos de control estatal de las culturas lo opuesto a la diversidad era la homogeneidad nacionalista. Cuando prevalecen las industrias culturales privadas y transnacionales lo que atenta contra la diversidad es la concentración. Hay que agregar que concentración no es sinónimo de homogeneidad. La concentración monopólica de los medios opera seleccionando algunas manifestaciones de la diversidad, ciertos contenidos, y les da distintas escalas de visibilidad: por ejemplo, los grupos editoriales españoles, como Santillana, publican a los novelistas que ellos juzgan más prestigiosos o vendibles de cada nación, pero no todos los autores que editan circulan en el conjunto de los países hispanohablantes; la mayoría queda dentro del mercado nacional. En el mundo editorial, como en el de la música, hallamos una distribución concentrada y desigual de la diversidad.
Los estudios comunicacionales han mostrado el carácter multidimensional de esta distribución desigual. No sucede siempre, como se pensó a fines del siglo pasado, como simple confrontación entre norte y sur. En algunos campos, por ejemplo el cine, prevalece el de origen estadounidense, aunque la creciente presencia de las cinematografías asiáticas y latinoamericanas, junto con el abaratamiento de la producción y la expansión de redes alternativas gracias a las tecnologías digitales, está multiplicando las interacciones entre las culturas no dominantes. En la televisión el desarrollo de corporaciones latinoamericanas, como Televisa y Globo, que exportan del sur al norte, y el crecimiento de canales educativos y culturales en América Latina exige repensar los circuitos de representatividad y comunicación regional. Sigue importando parcialmente la oposición norte-sur, pero surgen otras cuestiones ligadas a la capacidad de autogestionar de las naciones cuando la transnacionalización y digitalización comunicacional nos permiten elegir repertorios más diversos. La nueva ley argentina de medios, que redistribuye el espectro comunicacional entre actores públicos, privados y comunitarios ejemplifica la importancia del papel de los Estados.

 

 

¿Cómo se juega hoy la ampliación intercultural de la oferta: en qué medida depende de la capacidad de elegir de los receptores y en qué grado se necesitan políticas de Estado? Voy a dar un ejemplo recordando el debate ocurrido en un coloquio sobre Conflictos interculturales, realizado en junio de 2007 en el Centro Cultural de España en México. En una mesa sobre industrias culturales, un estudiante de posgrado, luego de escuchar a los ponentes, les hizo estas críticas: "La primera premisa es que el consumidor, el ciudadano, no es capaz de elegir, tiene que llegar el Estado o el académico a evangelizarlo, alfabetizarlo, educarlo al pobrecito, víctima de los medios, y creo que esa visión paternalista del televidente es una visión que tienen mucho los políticos en América latina y en España. Habría que darles un voto de confianza a los consumidores, porque son menos tontos de lo que creemos". "Los consumidores pueden escoger y pueden quizá preferir ver programación americana más que nacional porque quizá para ellos lo americano es lo mejor. En lugar de tener cierta americanofobia, que es muy común en la academia, quizá podemos preguntarnos: ¿por qué los consumidores prefieren eso?".
Uno de los ponentes, Emili Prado, respondió "No tengo ninguna americano-fobia, valoro los elementos de excelencia que tiene la industria audiovisual norteamericana, lo cual no obsta para que podamos señalar cuál es su rol en el conjunto de la distribución de productos televisivos en el mundo". Recordó que ni en Estados Unidos ni en España el cine latinoamericano alcanza el 1% del tiempo de pantalla. "La segunda cuestión a la que usted apela es la capacidad de escoger. Efectivamente, yo soy partidario de que los ciudadanos puedan escoger y para ello hay que ofrecerles diversidad. Dada mi condición de Director de los observatorios permanentes de la televisión en Europa (EUROMONITOR) y en los Estados Unidos de Norteamérica (USAMONITOR) puedo certificarle que tal diversidad no existe. La multiplicación de canales no ha dado como consecuencia la diversidad". Llevo en el DF tres días y he visto mucha televisión. Toda la que he podido. Le aseguro que he visto lo mismo que veo en todo el mundo. Lo mismo, incluso, cuando son productos generados por la industria nacional, porque están haciendo los mismos géneros, con los mismos formatos. Cierto, con un tinte local. En vez de "Operación triunfo" (España) o "Pop Idol" (Gran Bretaña) o "American Idol" (USA) se llama "la nueva banda Timbiriche", pero todos son un Reality Game para generar competencias musicales en un grupo de ciudadanos corrientes que aspiran a convertirse en figuras. Es decir, estamos reproduciendo los mismos contenidos en todo el mundo. Yo defiendo la capacidad de elección del ciudadano, pero para elegir hay que tener entre qué optar. Por lo tanto, no es paternalismo decir que hay que multiplicar la diversidad de la oferta, y si para conseguirlo hay que hacer políticas públicas tampoco es paternalismo. Por lo mismo que hacemos escuelas u hospitales, podemos hacer una oferta pública de televisión que promueva una diversificación de la oferta, aunque tenga que pagar unos peajes porque sólo cumplirá sus funciones si tiene audiencia, y tendrá audiencia si también es deudora de algunas de las fórmulas de éxito de la televisión generalista comercial. Pero, aún así, hay un espacio para la educación social del gusto, a través de una oferta de calidad. La libertad de elección será efectiva cuando haya un abanico de productos que liberen de la Espada de Damocles que pende sobre el producto de consumo de penetración rápida, y le demos tiempo a entrar en contacto con el público. Sólo después de probar y probar un producto excelso, un paladar se adapta a valorar sus cualidades. No es diferente en la cultura. Estoy, por eso, a favor de dar diversidad a la oferta. No estoy por el paternalismo sino por el diagnóstico, y una vez hecho el diagnóstico, estoy por establecer políticas que posibiliten que efectivamente los ciudadanos tengan diversidad de productos entre los cuales elegir y, como mayores que son, elijan y corran sus riesgos, incluido el de equivocarse" (Prado, 2011).
Podemos profundizar el análisis de estos vínculos entre interculturalidad y calidad en los medios viendo cómo se diversificó la comunicación de los años 70 y los 80 del siglo pasado, y cómo está ocurriendo ahora. Hace 30 o 40 años en los países latinoamericanos donde los Estados controlaban gran parte de las radiofrecuencias y la distribución del papel, la exigencia política y cultural era que se multiplicaran los periódicos y los canales de televisión se abrieran a nuevos actores. La democratización política, la expansión de ondas radioeléctricas y la transmisión satelital ampliaron la oferta. ¿Quiénes se beneficiaron? En México, las dos mayores corporaciones audiovisuales. En otros países, como Argentina y España, los grupos de prensa que usaron la liberalización para extenderse al ámbito radial y televisivo. Estos procesos de concentración reutilizaron el potencial de diversidad prometido por la desestatización y la multiplicación de canales para ampliar los negocios de unos pocos, no la capacidad de participar y elegir de las mayorías. En consecuencia, la lucha antimonopólica sigue siendo una tarea clave para que lo diverso prevalezca sobre la homogeneidad.
Sin embargo, la lucha contra los monopolios es insuficiente. Existen otros circuitos y escenas en los que hoy se juega la búsqueda de diversidad y calidad. El acceso a nuevas ofertas no se logra sólo mediante la ampliación de canales televisivos. Los jóvenes ven televisión menos horas por día que los adultos y exploran en Internet, videojuegos y redes sociales consumos diferentes e interactivos. Las películas que no pasan en las salas de cine ni en televisión, así como los discos y videos caros, pueden descargarse muchas veces de Youtube y de los demás videoclubes planetarios de la red.

 

 

Los jóvenes como otros
Por ahora, la mayor fuga de la televisión hacia las alternativas digitales ocurre principalmente en los sectores con mayor nivel educativo y económico. Pero desde que las computadoras y celulares son también parte del equipamiento popular es posible preguntarse cómo trabajar el sentido crítico sobre la información y el entretenimiento con grupos menos escolarizados, explorando el uso de medios y redes donde la programación es menos vertical y la competencia estética más abierta. Los programas de entregas de computadoras a cada alumno de la escuela primaria (en Uruguay) y a cada estudiante de secundaria (en Argentina) muestran como los recursos digitales expanden el horizonte de la comunicación y los vínculos con otras culturas.
La digitalización no solo amplía el repertorio que circula dentro de cada sociedad. Al mismo tiempo aleja a los adultos de las nuevas generaciones. Se abren abismos entre los hábitos de quienes crecimos con la cultura escrita, con la radio y la televisión y, por otro lado, los modos de relacionarse de quienes, como nos decía un maestro en una entrevista, "nacieron con la computadora en su habitación y con el celular en su mano". El pasaje de la cultura en papel a la electrónica no es la simple modulación de una forma de comunicación a otra: es un contraste entre culturas, que por eso ha sido descrito como migración de lo analógico a lo digital. Engendra un nuevo tipo de extranjería: la de los adultos formados en la cultura letrada frente a los jóvenes nativos en el mundo de las computadoras, Internet y los iPods.
Hay que ocuparse de esta nueva escena intercultural y sacar las consecuencias socioeconómicas y políticas del lugar estratégico de las nuevas generaciones. Podemos hacer aquí otra distinción entre los modos de hablar sobre los jóvenes hace 30 años y ahora. En el pasado las concepciones adultocéntricas de la vida social ponían a los jóvenes en ese lugar de ajenidad que es el de los que todavía no llegaron. Se pensaba que más adelante, luego de acabar su educación, serían plenamente ciudadanos, ocuparían cargos directivos, algunos conducirían la política o las empresas. Lo resumía la antigua fórmula según la cual "los jóvenes son el futuro".
Ahora los jóvenes aparecen como el presente, como la cultura distinta dentro de la propia sociedad. Más que la cultura, las culturas. Así como no es pertinente unificar a todos los llamados indios ni a todos los nombrados como afroamericanos, tampoco los jóvenes constituyen un conjunto cultural homogéneo.
Por una parte, el lugar central de los jóvenes se manifiesta cuando un número mayor que en el pasado ocupa cargos de dirección en industrias, crea empresas innovadoras en áreas estratégicas (informática, servicios digitalizados, entretenimientos audiovisuales y en las denominadas industrias creativas), o se inscriben de modos no tradicionales en el mercado de trabajo. Asimismo, en las nuevas generaciones se concentra el mayor número de consumidores de música, videos y tecnologías avanzadas.
La otra cara de este proceso está constituida por la gran cantidad de jóvenes que aportan los mayores porcentajes a las estadísticas del desempleo y el empleo informal y, en muchos países, también a las caravanas de migrantes, a las estadísticas de la muerte violenta como soldados, sicarios o víctimas de la violencia urbana o narco-terrorista. Los jóvenes, antes pensados como el futuro, en estos casos, son el presente. No sólo en el sentido de que no hay que esperar al porvenir para que se realicen, sino porque tienen poco futuro. "El futuro es tan incierto que es mejor vivir al día" fue la frase preferida por más de la mitad de los entrevistados en la Encuesta Nacional de Juventud realizada en México en 2005.
En esta semana la CEPAL y la OIT acaban de documentar un leve descenso del desempleo en este año de 2012 en América Latina y el Caribe, que bajó al 6.4%. Pero entre los jóvenes, según el mismo estudio, es un 20.3% el que no puede estudiar ni acceder al mercado laboral.
A partir de una investigación de la CEPAL que correlaciona datos laborales con el avance educativo de los jóvenes, Martín Hopenhayn señala las siguientes paradojas: los jóvenes "tienen mayores logros educativos que los adultos, medido sobre todo en años de educación formal, pero por otro lado menos acceso al empleo. Manejan con mayor ductilidad los nuevos medios de información, pero acceden en menor grado a los espacios consagrados de deliberación política, y están menos afiliados a los partidos. Expanden exponencialmente el consumo simbólico pero no así el consumo material" (Hopenhayn, 2008: 53)
En otras palabras "la juventud goza de más educación y menos acceso a empleo que la población adulta. Ostenta más años de escolaridad formal que las generaciones precedentes, pero al mismo tiempo duplica o triplica el índice de desempleo respecto de aquéllos. En otras palabras, están más incorporados a procesos consagrados de adquisición de conocimientos y formación de capital humano, pero más excluidos de los espacios en que dicho capital humano se ejerce, a saber, el mundo laboral y la fuente de ingresos para el bienestar propio" (Hopenhayn, 2008: 53)
En estas dos tendencias de la alteridad juvenil que mencionamos –como líderes de la transformación informática y de la innovación, o, por otro lado, como desempleados, migrantes o sectores obligados a sobrevivir en trabajos informales y aun delictivos- las nuevas generaciones aparecen como representantes de una radical diferencia cultural. En realidad, voceros de muchas nuevas diferencias.
Los estudios sobre jóvenes muestran que no todos son despolitizados, sino que tienen otros modos de afrontar las responsabilidades colectivas. Algunos, como los estudiantes chilenos, critican por fuera de los partidos el sistema educativo mercantilizado. El movimiento Yosoy132 de México cuestiona la concentrada estructura de la industria televisiva y dicen "no somos apolíticos, somos apartidarios". Muchos de estos jóvenes trascienden tanto el sistema político formal como los modos empresariales e institucionalizados de acceder a recursos musicales, audiovisuales y escritos con otra visión del intercambio social basado en lo que llaman procomún, o sea concibiendo los recursos culturales disponibles al libre acceso de todos.
En una investigación sobre las estrategias creativas de los jóvenes nombrados trendsetters o emprendedores culturales en México y Madrid descubrimos un conjunto de rasgos que asemejan las maneras de situarse ante el estrechamiento de los mercados laborales. Quienes buscan hacerse lugar en el campo artístico, el de la música, el diseño o la industria editorial, no son asalariados ni plenamente independientes. Trabajan por proyectos de corta duración, sin contratos, pasando de un proyecto a otro, sin llegar a estructurar carreras. Con frecuencia, movilizan sus competencias y su creatividad en procesos cooperativos, cada vez diferentes. Deben adaptarse a clientes o encargos diversos, al distinto significado que adquieren los oficios artísticos y culturales en escenas distintas. Los limitados ingresos y la fragilidad de sus desempeños los obliga a combinar las tareas creativas con actividades secundarias. En Francia, donde se los llama "intermitentes", se caracteriza su actividad como "discontinuidad continua", en la que se suceden "compromisos y proyectos" (de Heusch, Dujardin, Rajabaly, 2011: 23).

 

¿Cómo conciben estos jóvenes su lugar en una sociedad que no les da trabajo, o al menos no estables, ni les facilita el acceso a las innovaciones tecnológicas y culturales? Señalo dos diferencias que muestran una visión cultural divergente de la hegemónica: a) una nueva articulación no jerárquica de los vínculos entre producción, circulación y consumo y b) el pasaje de una visión de la temporalidad social organizada por carreras a otra desarrollada a través de proyectos.

 

En la música el dj, los ingenieros de sonido y otros que postproducen a partir de materiales previamente creados por artistas modifican los lugares de producción, circulación y apropiación. Pese al carácter derivado de sus trabajos muchos dj's se definen como creadores. Cambian, asimismo, la interacción entre el momento creador, antes entendido como solitario e individual, y las escenas de comunicación, escucha, baile y fiesta. La música hecha por jóvenes circula cada vez menos en tiendas de discos –incluso en discos- y se mezcla con actividades desplegadas en cafés, medios audiovisuales, museos, centros culturales polivalentes y sobre todo los sitios de internet y las redes sociales.
Los textos más utópicos sobre esta mezcla de roles entre productores, intermediarios y receptores hablan de prosumidores, otro de los nombres ensayados para designar a los actores creativos jóvenes. Sin embargo, no parece que el intercambio de roles y las parciales experiencias de alteración del orden tradicional de producción-circulación-consumo sean iguales en el poder creativo de todos los artistas, escritores y editores. Como lo anotan varios estudios sobre el mundo editorial, existen nodos, puntos estratégicos donde se controla o se reorienta la circulación. Estos centros de poder son los nuevos organizadores de la interculturalidad. Las bienales de arte, los grandes festivales de música y las principales ferias internacionales de libros mantienen las jerarquías. Sigue habiendo mainstream, estructuras con ciertos embudos que filtran la diversidad. Las visiones idealizadas de la horizontalidad y la desconcentración que haría posible el avance digital se relativizan cuando consideramos que uno de los mayores poderes monopólicos es Google: varios investigadores, como Robert Darnton, llaman la atención sobre su creciente papel como gran seleccionador y organizador de la cultura contemporánea y aun de la historia de la cultura (Darnton, 2010).
La discusión que referimos antes sobre imposiciones del norte al sur o de las corporaciones a las audiencias se modifica. La música aparece como el ámbito en el que la vieja estructura concentrada de la industria cultural (en este caso manejada por cuatro gigantescas majors) es menos sostenible. Desde la irrupción de Napster hasta la multiplicación actual de redes P2P el intercambio va prevaleciendo entre los jóvenes sobre el lucro económico. Autoría colectiva, cooperación entre compositores y audiencias, creaciones colaborativas y ediciones a distancia entre músicos residentes en distintos países son algunas de las innovaciones frecuentes en la escena musical. También en las artes visuales y en el mundo editorial las tecnologías digitales potencian el acceso a una información diversificada de muchas culturas.

 

De la carrera a los proyectos

 

Otro cambio visible cuando comparamos a los productores culturales del siglo pasado con los actuales es el tránsito de una sociedad en la que se podía hacer carrera a otra en la que escasean las plazas laborales y, cuando se consiguen, suelen ser nombramientos temporales inseguros. Los jóvenes artistas y músicos declaran estar acostumbrados a organizarse en proyectos de corta y media duración. Algunos realizan emprendimientos independientes por convicción, la mayoría por necesidad. La creatividad y la innovación, dos rasgos muy valorados al buscar trabajo, más que las competencias profesionales duraderas, contribuyen a dar a sus actividades esta periodización frágil. La presión de lo instantáneo, lo que se descubre o se informa hoy, refuerza esta relación con la temporalidad veloz de las biografías: todo es efímero, renovable y luego obsoleto, incluso los agrupamientos que organizan los jóvenes para poder trabajar. También puede cambiar rápido la pertenencia a un grupo u otro y en cientos sectores el pasaje de un país a otro, de la lengua de origen a la que les facilita trabajar y consumir.
Este sentido transitorio de las trayectorias conspira contra el rendimiento en las prácticas culturales que requieren inversiones cuantiosas y cuya capacidad de recuperación económica es lenta. Los patrones laborales y comerciales de la industria editorial, por ejemplo, donde la producción lleva meses y su sentido se nutre, en parte, de un catálogo formado durante años, entran en conflicto con la intermitencia de los trabajos y las coacciones del mercado que propician la obsolescencia y la renovación incesante.
La distancia entre el orden económico-simbólico imperante y las culturas mutables de los jóvenes induce a pensar de qué maneras la interculturalidad rebasa hoy la interetnicidad y las divergencias entre las naciones y las lenguas. De hecho, también muchos jóvenes indígenas y afroamericanos desarrollan su creatividad con esta nueva lógica. La alteridad que representan los jóvenes no puede ser reducida, como vimos, a la oposición digital vs. escritura o industrias culturales vs. acceso libre a una cultura procomún. Necesitamos incorporar en los estudios desfases económicos, descomposiciones y recomposiciones sociales, mutaciones tecnológicas para volver a descubrir el amplio arco de las interculturalidades.

 

Esta visión expandida de la interculturalidad hace visible, asimismo, su actual proyección política. La averiguación por cómo superar el destructivo desorden económico actual no se agota en la lucha contra las estructuras nacionales opresivas o injustas. Se necesita trabajar por una valoración de la diferencia no entendida solo como tolerancia, construir interconexiones con los cercanos y los distantes. La tan invocada formación de una ciudadanía globalizada requiere mayor equidad en los accesos y los desplazamientos, así como disponernos a oír otras formas de pensar y creer, de coincidir y discrepar.

A esta altura, podría preguntarse de quién es la interculturalidad. Si no pertenece solo a la antropología, cuánto le toca a la sociología, la política, la economía. Esa manera propietaria de pensar es la que debe ser evitada. La difícil tarea de convivir, y de estudiar la convivencia, no puede ser sino transdisciplinaria.

Imaginar cómo negociar con los chinos, bailar con fondo de tambores africanos, lograr algo con el trato tan asimétrico como obligado con Estados Unidos, y hacer todo eso a la vez en países como los latinoamericanos, donde los debates electorales simulan que no existen relaciones internacionales y todo sucede entre cuatro candidatos que sólo hablan del destino de la nación, parece una tarea impracticable. Quizá no lo es si concebimos que, además de coordinar los saberes sesgados de cada disciplina para enfocar un panorama más amplio y diverso, actuamos como los músicos de jazz.

Robert Faulkner y Howard Becker, dos jazzistas y sociólogos, quisieron averiguar cómo quienes tocan jazz en bares, y no siempre conocen con anticipación las músicas, pueden coordinar su actuación. ¿Cómo crean una función con sentido? Se dieron cuenta de que la coherencia de la actuación proviene tanto de lo que ya saben como de lo que inventan en el momento. Es semejante, dicen, a lo que ocurre en cualquier otra actividad que varias personas emprenden juntas: lo que hacen los músicos de jazz no es aleatorio ni desarticulado, pero tampoco es fijo y predecible.

La metáfora de la improvisación musical para entender la dinámica de las interacciones sociales ilustra bien lo que decíamos al principio de que no se trata de entender la cultura como una tradición que prescribe lo que las personas deben hacer sino como un repertorio del que se puede elegir varias alternativas para ponerse de acuerdo con otros. Mi duda es con qué frecuencia las personas y las sociedades actúan, según dicen Faulkner y Becker, "en pos de un objetivo común" y para lograrlo negocian. Lo que hemos visto cuando analizamos la competencia entre las majors y los grupos independientes en las industrias culturales, o cuando se intenta tocar una música común en los bares y celebraciones de las Naciones Unidas, es que los poderosos les esconden los instrumentos a los pequeños o les vetan su uso. Como suele ocurrir en los interaccionistas simbólicos, en sus teorías hay poco lugar para conflictos. Pero quizá la utopía de Faulkner y Becker de que podemos combinar saberes parciales para improvisar una melodía que todavía no se ha tocado sea útil para imaginar una interculturalidad productiva y el trabajo transdisciplinario que contribuya a hacerla posible.

BIBLIOGRAFÍA

• UNICEF, "Los pueblos indígenas en América Latina" (2010) Madrid: UNICEF. (://www.unicef.es/sala-prensa/unicef-presenta-el-atlas-sociolingueistico-de-pueblos-indigenas-en-america-latina)