Globalizaciones

“Hacia un mundo con menos migrantes”

Artículo
publicado en Opinión, junio de 2007.

Néstor García Canclini : “Hacia un mundo con menos migrantes”
Publicado en Opinión, junio de 2007.

Los diarios argentinos registran a menudo la desazón de los migrantes a España que son rechazados. A algunos turistas, o viajeros que visitan a sus familias radicadas allí para compartir una boda, no los dejan pasar del aeropuerto. Experiencias aún más dramáticas viven miles de mexicanos, salvadoreños o colombianos que intentan entrar a Estados Unidos. Pero los argentinos expulsados por las oficinas de migración española sostienen que España debería comportarse de otro modo: “la Madre Patria ya no es la misma”. Se invocan los lazos históricos y la generosa acogida a los refugiados de la guerra civil, o a migrantes que hasta hace pocas décadas llegaban masivamente a vivir en Argentina.
Si leemos la prensa española, encontramos argumentos a favor de limitar el número de migrantes: “vienen como turistas y se quedan; hay 50.000 argentinos viviendo ilegales en España”; “además, la Unión Europea nos presiona, porque argentinos, ecuatorianos, colombianos y otros latinoamericanos usan a España como trampolín para instalarse luego en Italia, Francia o Alemania”. No es fácil atribuir a xenofobia estas razones si también las escuchamos en el IX Congreso Español de Sociología, realizado en Barcelona del 13 al 15 de septiembre de 2007, basadas en investigaciones, datos duros y observaciones etnográficas.
En las calles se habla de las “amenazas” que representa el crecimiento de migrantes latinoamericanos, africanos y asiáticos. Las ponencias de un congreso científico se referirán a “desafíos”. En los últimos siete años, España recibió 3,6 millones de extranjeros, o sea que a principios de esta década había menos de un millón y en 2007 tienen que ver qué hacen con 4,5 millones. Los recién llegados compiten por los trabajos y por los servicios (ocupan plazas limitadas en guarderías y escuelas). Centenares de miles de migrantes llegan con otros estilos culturales, por ejemplo modelos familiares distintos: “luego de que en las últimas décadas las mujeres españolas lograron laboriosamente mayor independencia, explicó una socióloga madrileña, llegan otros con una organización familiar que subordina a las mujeres”. “Los extranjeros piden la ciudadanía, pero si vienen de sociedades más conservadoras ¿apoyarán a partidos de derecha cuando puedan votar?
Aun quienes estudian la discriminación con ánimo de comprenderla para demostrar su inconsistencia, reconocen que el aumento rápido de visibilidad de los migrantes, los relatos mediáticos sobre delitos cometidos y la agudización violenta de confrontaciones interculturales no facilitan diferenciar el impacto que tienen extranjeros de distinto origen sobre la sociedad española. El desarrollo reciente de la investigación sobre migraciones, representado en las 36 ponencias expuestas en este Congreso, no logra competir con los datos e imágenes con que diariamente los medios masivos alarman sobre los riesgos de “los diferentes”, los que viven “irregularmente” y fracturan la supuesta homogeneidad de la sociedad española.
En un plano más abstracto, varios trabajos indagan “cómo hacer compatible Estados multiculturales con democracias homogéneas, que otorgan iguales derechos a todos los ciudadanos, aunque tengan diferentes concepciones de la democracia y la participación”. ¿Se pueden lograr, a la vez, la cohesión y la pluralidad sociocultural? ¿Es posible que una nación se transforme, de acuerdo con la nueva mezcla de modos de vida si sólo se piensa que algunos (los inmigrantes) deben cambiar? La diversidad de “procesos de construcción de identidades” entre los hijos de inmigrantes, tema de un amplio número de estudios, muestra un espectro variadísimo según la pertenencia étnica, la integración educativa, las trayectorias laborales, los matrimonios entre nativos y extranjeros (casi 9% del total).
No sólo hay resistencias al papel de los inmigrantes como “agentes de cambio social”. Muchos políticos, y algunos científicos sociales, desean orientar las transformaciones. Un alto funcionario me decía que España –y Europa- deben limitar el volumen de inmigrantes de acuerdo con las posibilidades de asimilarlos, pero en acuerdo con los países de salida y sin discriminar. “Conviene que quienes se van a quedar trabajando sientan lo antes posible que pertenecen a la sociedad de adopción, y la mejor manera de lograrlo es dándoles derechos. ¿Cuándo se deja de ser migrante? Cuando alguien siente que forma parte, y eso sólo es posible si se tienen derechos (al voto, a la educación, a la jubilación sumando los años de trabajo en otro país).
En los mismos días del Congreso Español de Sociología la Unión Europea anunció una estrategia para seleccionar la aceptación de migrantes según la calificación de los trabajadores. Los países con mayor cantidad de extranjeros no comunitarios en la Unión Europea (Alemania con más de 5 millones, el Reino Unido e Italia con más de 2 millones, están también entre los que envejecen más aceleradamente, donde nacen menos niños y requieren trabajadores de mayor nivel. En Alemania faltan 23.000 ingenieros, y estiman que para el desarrollo previsto de las tecnologías de información tendrán en 2010 un déficit de 300.000 técnicos y profesionales. Ya uno de cada cinco europeos tiene más de 60 años, y en 2050 serán uno de cada tres: pocos, viejos y fuera de la producción. Esto lleva a “mirar a la migración como un enriquecimiento, como un fenómeno inevitable en el mundo de hoy, no como una amenaza”, afirma Franco Frattini, vicepresidente de la Comisión Europea y encargado de proponer la nueva política migratoria. Las amenazas son otras: que Europa pierda la competencia con Estados Unidos, Canadá y las potencias emergentes de Asia. Por ahora, la propuesta es ofrecer una tarjeta azul que facilite la llegada y el arraigo de trabajadores de alto nivel, estudiantes extranjeros y profesionales jóvenes dispuestos a quedarse.
Este es el debate europeo. ¿Qué hacen, entre tanto, los gobernantes latinoamericanos? Festejan las remesas económicas que los migrantes envían a sus familias en el país de origen: 25 mil millones de dólares desde Estados Unidos a México en 2006, y sumas menores pero con significación parecida en relación con el PIB y la capacidad de dar respiración artificial a poblaciones campesinas y urbanas empobrecidas en El Salvador, Guatemala, República Dominicana, Colombia, Perú, y, en menor grado, en algunas regiones de Argentina y Uruguay. A veces, los gobiernos y los organismos de derechos humanos protestan por el mal trato a los latinoamericanos en el hemisferio norte. Pero no vemos planes efectivos de desarrollo socio económico para reducir la expulsión de migrantes, ni expansión de la investigación científica ligada al desarrollo, ni programas de repatriación atractivos para los científicos y técnicos emigrados (los pocos países que los tenían los achicaron). Se celebra la elevación de las remesas, pero no existen estudios sobre lo que se pierde de la inversión educativa al formar profesionales calificados que “regalamos” a los países del primer mundo.
Las migraciones continuarán. Pero sería posible imaginar un mundo menos injusto, con menor violencia intercultural, porque en los países de recepción los migrantes dejen de serlo al recibir más derechos y posibilidades de pertenencia. Y en las naciones expulsoras también se reduzca el volumen del éxodo, los costos económicos y afectivos del desarraigo, porque los gobiernos y las sociedades asuman las oportunidades de que la competencia global en ciencia, tecnología y producción pase de ser una amenaza a un desafío.