Estética y antropologia

“Baudrillard en su simulacro”

Artículo
publicado en  Exit Book, Revista semestral de libros de arte y cultura visual, No. 8, Madrid, 2008.

Néstor García Canclini: Baudrillard en su simulacro
Publicado en Exit Book, Revista semestral de libros de arte y cultura visual,
No. 8, Madrid, 2008

Hay autores que son sobre todo su obra. En otros, importa tanto la obra como lo que representan en un país, una época o el apurado transcurrir de las modas. Baudrillard comenzó con algunos libros cuidadosos y provocativos, por ejemplo El sistema de los objetos, que discutía asuntos vertebrales del marxismo, como la teoría del valor, con más imaginación que rigor. Pero esa audacia era estimable cuando había que hacer lugar a lo simbólico y pensar cómo la economía se iba organizando cada vez más según los deseos que por las necesidades. A la distinción clásica entre valor de uso y valor de cambio le crecieron las nociones de valor signo y valor simbólico. Algunos reconocemos que aún nos sirven ante los alumnos; necesitamos aclarar que ya en los años sesenta la semiótica era más sofisticada, pero por lo general se quedaba en descifrar los textos, como si tuvieran poco que ver con las interacciones sociales duras.

Después escribió libros inaugurales sobre la “sociedad del consumo”, “del simulacro” y “del espectáculo”, nociones todas insuficientes para caracterizar el final de siglo, aunque esos textos merecerían más fortuna crítica que el precario ensayo de Guy Debord, que sigue reciclándose, quizá porque la literatura testimonial es políticamente más apreciada. Pierre Bourdieu, que analizaba de forma más estricta esos procesos en los mismos años, con muchos datos y precauciones académicas, dejó versiones más consistentes de cómo se distinguían unas clases sociales de otras, y cada fracción dentro de cada clase. Sin embargo, en 1979, los análisis de Baudrillard eran todavía referencia en el pensamiento universitario francés, como para que en La distinción, donde no abundan las citas a los contemporáneos que trabajaban los mismos temas, Bourdieu le dedicará una nota al pie para diferenciar su investigación, en la que “los objetos apropiados” son vistos como “relaciones de clase objetivadas”, en contraste con el “protocolo de test proyectivos disfrazado de análisis fenomenológico semiológico” que atribuye a Baudrillard.
Ya era evidente en el ambicioso y resplandeciente libro La sociedad del consumo que su autor confiaba más e la observación instruida y en la construcción ensayística para captar las oscilaciones vacilantes entre la producción y el gasto, lo económico y lo simbólico. En esos años 60 y 70, donde el marxismo apenas se flexibilizaba con la mediación gramsciana y los primeros diálogos con el psicoanálisis y la antropología, Baudrillard tomaba de todas estas fuentes, con un eclecticismo aún controlado, para comprender las diversas articulaciones entre lo público y lo privado, las distorsiones del crecimiento económico y las nuevas segregaciones sociales. Aún apoyaba sus afirmaciones en algunas estadísticas y mostraba una indignación (coqueta) ante las desigualdades.

Le interesaban lo vivido y lo estructural, y las maneras en que se descomponen recíprocamente. Más que proponer una antipolítica o una anticultura, le atraían las posibilidades de desestabilización dentro de la lógica del sistema: “confío más en la capacidad que tiene el sistema de autodestruirse que en todos los ataques que se pueden lanzar contra él.” Esa fue la base sociofilosófica de su pesimismo metódico.

Sus interlocutores eran entonces el economista K. Galbraith y el mercadotécnico Vance Packard, porque los estudios críticos sobre el consumo eran escasos y él percibía que para entender la transición del capitalismo urgía pensar no sólo sus dispositivos para “controlar el aparato de producción, sino la demanda de consumo”. Sus mejores páginas abrieron los análisis correlacionados de la lógica del capitalismo, la de los medios, los comportamientos sexuales y las crecientes violencias.

En los años 80, dos libros “más literarios”, América y Cool memories, muestran a un deslumbrante escritor preocupado por lo que después se le atribuirá como celebración frívola del simulacro, y él en parte cultivó. Pero antes leemos: “lo real ya no está amenazado actualmente por su doble (Rosset); está amenazado por su propia idiotez”. “Los ejecutivos son como los joggers. Si paras a un jogger, sigue brincando en el mismo lugar. Si arrancas a un ejecutivo de su business, sigue brincando, pisando, hablando de negocios. Nunca deja de trotar, decidir y ejecutar.” “La nieve ya no es un don del cielo. Cae exactamente en los sitios marcados para los deportes de invierno.”
Su economía política de los signos, su melancolía ante la pérdida de actores capaces de transformación, ante “el montón confuso de lo social” y “la sombra de las mayorías silenciosas”, quedaron enredadas en la declinación de las magnas teorías francesas y la proliferación mediática de bestsellers. Baudrillard se fue convirtiendo, con la colaboración de sus viajes y conferencias intercontinentales, con sus textos más lúdicos que poéticos, en un hermano mayor de los Bernard – Henry Lévy y los Alain Finkielkraut. Mezclado, a veces, con la repercusión estadounidense de Derrida, con los estudios de género a subalternos, con usos posmodernos de Deleuze y Guattari, sus textos últimos parecen ajenos a cualquier programa de lectura. Criticado junto a Julia Kristeva, Bruno Latour y Gilles Deleuze por Alain Sokal y Jean Brickmont debido a sus excesos metafóricos, ausente en los balances más plurales de la filosofía francesa, como el realizado por Le magazine litteraire en octubre de 2006, que fotografía y reivindica a 31 heterogéneos pensadores actuales, desde Alain Badiou a Etienne Balibar y Georges Didi – Huberman, ¿quedará Baudrillard sólo como un fenómeno mediático y editorial de exportación? Dentro de unos años ¿se dirá de su obra, como él afirmó de la Guerra del Golfo, que no ha tenido lugar?

En octubre de 1983, escribía en su diario que “Sartre todavía se muere pomposamente. Barthes y Foucault desaparecen discreta, prematuramente. La era de los grandes literatos y retóricos que soportaban alegremente la gloria ha terminado”. Cuestionó las últimas devociones provocadas por los maestros pensadores, incluido el “millar de espíritus cultivados” que espiaban “desde el fondo de su sillón el silencio abúlico del viejo Lacan durante horas, el recital de silencio frente a quienes lo miraban morir.” Vio coherente esa “filosofía de la desaparición” con obras que hablaban de “la estructura ausente, la muerte del sujeto, la falta.” Su elogio del simulacro, que extremó en los años finales, no oculta su lamento de que “en la era de los medios” hasta la esfera intelectual, “que presume de libertad de espíritu”, pudra “esa pasión de admiración que era la más bella.”
Puede decirse, con razón, que en sus últimos libros, Baudrillard no usó los recursos intelectuales más fecundos con que la filosofía y las ciencias sociales elaboran las incertidumbres entre lo real, lo imaginario y lo simbólico, y este desprendimiento de los saberes contribuyó a su visión obsesivamente desencantada. Pero si hiciéramos un paralelo entre su proceso personal y el que registran los periodistas comprobaríamos que su reducción de lo real a simulacro no se lleva mal con un mundo en el que las guerras más crueles se “justifican” con pruebas inventadas y las promesas de cambio de diversos colores políticos son asfixiadas por quienes las enuncian.

Baudrillard representa los ensayos por repensar el capitalismo cuando las herramientas marxistas se han desgastado, aunque los males diagnosticados persistan; representa a quienes lo intentaron sin una causa colectiva detrás, sin el drama de tener que exiliarse de su país o de un partido. Representa también la decisión de hacerlo sin ampararse en “la seriedad filosófica”, con la fascinación mediática de muchos pensadores de estos tiempos, pero sin abusar del cinismo humorístico como Slavoj Zizek, lo cual le evitó convertirse, como éste dice de sí mismo en su película, en un “cómico de la filosofía.”