Estética y antropologia

"¿Se acaban los museos de arte contemporáneo?"

Ñ Revista cultural, No. 476,
10 de noviembre de 2012.

¿Se acaban los museos de arte contemporáneo?

10 de noviembre de 2012.
Néstor García Canclini

 

Guggenheim, MACBA, Reina Sofía, Tate Modern ¿Por qué estos museos se volvieron protagonistas de la cultura contemporánea, el turismo masivo y la renovación urbana? En parte, porque en ellos se condensan alteraciones de época. Los museos de historia y de antropología, que a veces incluían las “bellas artes”, nacieron para guardar y exhibir trofeos de las conquistas y lo que las élites nacionales declaraban signos de identidad. Hasta los museos de arte moderno se crearon con afán de conservar y exaltar la manera en que los occidentales construyeron la visualidad en el siglo XX.

Los museos de arte contemporáneo, en cambio, pueden tener colecciones o no tenerlas. Su tarea es construir escenas para que circulen artefactos de muchas culturas. Lo buscan con una arquitectura que asombra (firmas de Renzo Piano, Paul Gehry, Zaha Hadid), generando alrededor tiendas, cafés y restaurantes “de tendencia”, con la promesa de que las multitudes hallarán a Demian Hirst, Louise Bourgeois u otros nombres que ya vieron en las revistas, y los expertos miradas no convencionales de curadores sobre las encrucijadas del mundo: Okwui Enwezor, Catherine David, Cuauhtémoc Medina.  

Pero hay algo más. Si estos museos recientes lideran es también porque el pool de experimentaciones llamado arte contemporáneo instauró en el tráfico cultural y económico  un juego de apelaciones y referencias que las artes visuales nunca habían tenido y que compite parejo con los otros productores de sentido: la televisión, la moda, las redes sociales.

Lo que importa decir es que la efervescencia creativa, de fluido cosmopolitismo, circula también en centros culturales polivalentes, movimientos parapolíticos de indignación que duran unos meses, medialabs donde se reúnen jóvenes para quienes la vida pública ya no está en los partidos, ni en instituciones de varios siglos o recién diseñadas. Sus innovaciones se extienden más lejos de lo que se llamaba arte en el siglo XX, suben a las redes y se intercambian entre Londres, Estambul, Buenos Aires y Tokyo. El ciclo de los museos, las críticas a su somnolencia o elitismo y las pretensiones de democratizarlos pasa a otra etapa ante nuevos modos de crear, reproducir, descargar y ver.

Signo trágico de que una época se agota: las decenas de museos europeos y algunos estadounidenses con edificios de autor y colecciones improvisadas, que ahora, sin presupuesto, repiten diez meses la misma exposición. O cierran parte del año.

No deberíamos tomar como destino universal esta agonía del norte en países latinoamericanos con pocos y deficientes museos, donde ocurrió ya hace una o dos décadas la crisis económica de 2008-2012. Cuando apenas salíamos de esas turbulencias, Argentina logró que sus colecciones habitaran por primera vez sitios dignos como el MALBA (creado en 2001), los recientes museos MNBA de Neuquén y MACRO de Rosario (2004); la UNAM revitalizó con el magnífico Museo Universitario de Arte Contemporáneo la política museológica mexicana detenida en los años setenta. Algunos están comprando obra contemporánea y saben convertirse, a la vez, en centros de experimentación intercultural, con cine y publicaciones alternativas. El Museo del Barrio en Asunción y el Micromuseo en Lima aprovechan la falta de instituciones que se ocupan del patrimonio para fusionar lo culto y lo popular en una nueva visión de lo contemporáneo. Los museos, los archivos y las colecciones bien investigadas son, entre nosotros, labores incipientes.