Entrevistas

"Latinoamérica (o de cómo trascender la perspectiva local)"

publicado en Nuestra Cultura, (Revista de la Secretaría de Cultura) julio-agosto 2010, año 2, no.6, Argentina, págs. 4- 5.

"Latinoamérica (o de cómo trascender la perspectiva local)"

en Nuestra Cultura (Revista de la Secretaría de Cultura),

 julio-agosto 2010, año 2, no.6, Argentina, págs. 4- 5.


Desde la ciudad de México, donde se exilió en 1976, el prestigioso antropólogo argentino Néstor García Canclini, en diálogo con Nuestra Cultura, reflexiona sobre las maneras de ser argentino, analiza cómo se proyectan hacia el mundo el talento y la creatividad local, y por qué Borges, Yupanqui, Argerich y Fontanarrosa, entre otros, son marca registrada; al tiempo que discute el estereotipo del artista como genio.

La educación, la capacidad de reponerse ante las crisis y una “mezcla integrada de culturas  confluyen, en su opinión, en la idea de la Argentina como país de “clase media”, terreno fértil del que nacen figuras de carne y hueso.

 

–¿Existe una cultura argentina?

–Ante esta pregunta, lo primero que hay que decir es que hay muchas. Hay culturas étnicas y regionales. Basta con ver cómo se desenvuelven los procesos culturales en la Ciudad de Buenos Aires, en Jujuy, en la Patagonia o en el área Andina, para percibir rápidamente una gran variedad. No es difícil encontrar que existen veinte, treinta o más maneras de ser argentino. A la luz de los estudios antropológicos actuales, tanto en la Argentina como en otras sociedades, existe consenso en que una cultura nacional es la suma de muchas particularidades, rasgos regionales o étnicos diversos.

 

–¿Cuáles son las principales manifestaciones de esta cultura?

 

–Hay manifestaciones que, desde la mirada de los otros y a veces desde los propios actores de un país, aparecen como distintivas. Esta diferencia entre características y manifestaciones remite a esa idea ya tan instalada de que las naciones son construcciones imaginarias, resultado de una elaboración polisémica, simbólica, hecha a partir de una diversidad real. Hay que reconocer que estas manifestaciones han variado mucho en el tiempo: oscilan entre una historia europeizada y una historia compartida y variable dentro del propio territorio, que ha permitido ir unificando las formas regionales o locales, a través de la educación y luego de los medios. Y también percibimos una creciente influencia de los Estados Unidos y de relaciones ambivalentes con América Latina. Todo eso configura un paquete de manifestaciones que, si bien no son reductibles a un común denominador, pueden aparecer ante los demás y ante nosotros mismos con cierta unidad.

 

 

 

–¿Cuáles son las manifestaciones argentinas más valoradas en el exterior?

–La primera pregunta que me viene es “¿por quiénes?”. Es distinto si nos mira un español, un brasileño o un chino. En general, uno podría decir que en los países latinoamericanos se tiende a valorar, como manifestaciones particulares de la Argentina, un alto nivel educativo, una mezcla de culturas que ha sido bastante integradora –por lo menos, en su aspecto exterior, ya que no ha generado guerras interétnicas, aunque ha habido momentos crueles, como la eufemísticamente llamada Conquista del Desierto, que en realidad fue la destrucción de culturas indígenas–. Desde la bibliografía internacional, también se destaca la capacidad del país para reponerse luego de las crisis económicas. Y una mirada frecuente es la que revela desconcierto ante la complejidad sociopolítica, quizá sintetizada en ese fenómeno tan inexplicable para los extranjeros que es el peronismo.

 

–¿Cómo analiza este escenario en el caso de los bienes culturales?

–A lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, ha existido un alto reconocimiento de la narrativa argentina. Cuando uno habla con escritores de otros países,  rápidamente estos rasgos que apuntábamos, como el nivel educativo, aparecen reconocidos también en la calidad narrativa y el valor experimental de las artes visuales, en parte como resultado de una formación histórica, y también relacionados con esta idea de que somos un país de clase media. Otras zonas de reconocimiento importante son la gastronomía, especialmente en los últimos años; los diseños de ropa; algunos programas televisivos con repercusión internacional; y, sin duda, la innovación científica. Se podrían hacer varias universidades con los científicos argentinos dispersos por el mundo.

Nunca la creatividad artística y científica son derivaciones mecánicas de condiciones económicas y sociales, pero hay contextos históricos que han sido favorables para que hubiera creatividad y que pudiera encontrar formas de comunicarse. No sólo hemos tenido excelentes poetas y narradores, sino  editoriales donde estos aparezcan, se los lea y se genere una interacción con los públicos.

 

–A la cultura argentina muchas veces se la ha catalogado como productora de individualidades, más que representativa de una tradición o una historia colectiva. ¿Estás de acuerdo con este argumento?

–Siento reticencias con la idea de la cultura argentina como productora de individualidades. En la Argentina existen fuertes comunidades, como la de los judíos, algunas comunidades indígenas que se han movilizado bastante en los últimos años, o comunidades de otro tipo, como las que han creado las víctimas de la represión o los movimientos por los derechos humanos, y así podemos seguir con una lista de organizaciones sociales o formas comunitarias en las que lo individual no es prevaleciente. Al mismo tiempo, es cierto que la Argentina es un país configurado a partir de los criterios de la modernidad ilustrada, y la diferenciación individual es un rasgo de las sociedades modernas de tipo occidental. Pero no sacaría consecuencias sólo de este aspecto, porque las culturas existentes en la Argentina son resultado de procesos históricos colectivos. Un ejemplo son las migraciones que formaron la nación. Por otro lado, si pensamos no sólo en el folklore, sino en los mayores exponentes, como Yupanqui, por ejemplo, su obra sin duda está nutrida en tradiciones, relatos, formas de escuchar, hablas populares, sin lo cual Yupanqui es inexplicable. A su vez, uno puede hablar de la singularidad de un creador. No hay muchos “Yupanquis”. La creatividad cultural es resultado de esa interacción entre tradiciones ricas y figuras que la llevan a una culminación.

 

–Esto puede pensarse para el caso de Borges, Cortázar, Argerich…

 

Un análisis de las mayores figuras necesita tener en cuenta lo que está detrás de ellos. Es cómodo mirar a un autor y pensarlo como genio; o escuchar a Martha Argerich o a Barenboim, y olvidarse de que cada uno es la confluencia de varias culturas, que se han nutrido de la sociedad argentina de origen, pero de muchas otras también.

A propósito de los ejemplos más reconocidos nacional e internacionalmente, diría que Piazzolla trasciende el tango, pero es inexplicable sin el tango. Sabemos que Borges le ha dado enorme importancia a las citas, a las referencias, a tradiciones… Con eso ha hecho una obra excepcional, pero es necesario leerla en interacción con las fuentes de las cuales procede.

 

–En una entrevista que le hicieron, contaba, a propósito de Gabriel Orozco, que le preguntaban por la “mexicanidad” que expresaban sus obras de arte, y que esto no ocurría con artistas europeos.

–Eso tiene que ver con la asimetría entre norte y sur, y con los modos desiguales en que se forma la legitimidad cultural globalizada. Todavía hay un mainstream; hay países, como los Estados Unidos, los europeos y algunos asiáticos, que parecerían tener la legitimidad de internacionalización garantizada. En cambio, a Gabriel Orozco, el artista mexicano más reconocido fuera de México, con un proyecto estético para nada folklorista, alejado de cualquier pretensión de representar la nacionalidad mexicana, críticos del primer mundo le piden que represente su “mexicanidad”. A un francés o a un alemán, no se lo preguntarían…

 

–¿Qué ocurre con la argentinidad?

–Durante el reciente Mundial de Fútbol leí que algunos escritores e intelectuales decían que Messi no jugaba como argentino. Es raro pedir rasgos de nacionalidad, de distinción ontológica, cuando hoy todos los jugadores de primer nivel que son internacionales (por vocación, por el  club en el que juegan, por la frecuencia con la que interactúan y compiten) tienen muchas referencias culturales y estilísticas a la vez. Se está diciendo, en estos días, que los jugadores alemanes se han “latinoamericanizado” porque juegan más abierto, de otra manera. Lo que me parece interesante es cómo se configuran estereotipos para reconocer o negar “argentinidad”. Y esto que decimos sobre los jugadores funcionaría en cualquier otro campo de la cultura.

 

 

 

–¿Cómo se construye la identidad argentina desde afuera?

 

–Como ocurre con todas las operaciones de interculturalidad: sobre la base de estereotipos y equívocos. Lo que se ve desde afuera de la cultura argentina está muy tamizado por lo que los medios transmiten, las excepcionales ocasiones en que la Argentina aparece en el periodismo internacional, y también la selectividad que se hace desde adentro. Los argentinos contribuimos cuando, en los escenarios internacionales, proyectamos cómo desearíamos que nos vieran, sin entender a veces suficientemente la dinámica de esos escenarios.

–¿Cómo creés que desearíamos que nos vieran?

 

–Muy destacados y con una capacidad cosmopolita de triunfar ilimitada. Pero casi todas las culturas pretenden eso. En general, las naciones no tienden al derrotismo… Habría que preguntarse, tal vez, por qué existen tantos chistes críticos sobre los argentinos en América Latina o en España, cuando no se han hecho sobre otras naciones o grupos nacionales. Se ríen del estereotipo de la soberbia, la presunción, la pretensión de ser los mejores… Algo ocurre, algún cortocircuito, que produce reacción.

 

–¿Cuál es tu hipótesis?

–No sé… Habría que hacer un estudio antropológico intercultural en profundidad. Como se ha hecho, por ejemplo, entre la Argentina y Brasil. Sería muy útil saberlo, respecto de muchos países, para poder comunicar nuestros bienes culturales, exportar nuestros productos, saber a quiénes nos dirigimos, desde qué lugares nos ven. En general, los países más exportadores hacen este tipo de ejercicio. En América Latina, no tenemos el equivalente a los estudios culturales que se desarrollan en China o en los Estados Unidos para saber qué quieren en los países con los que comercian. Es cierto que ignoramos un poco menos que hace veinte años. Ha habido avances en la retroalimentación entre la política cultural y las políticas comerciales de Argentina, y con los estudios internacionales. Hay signos de que ha mejorado mucho la exportación de la cultura argentina, por ejemplo, a través de la multiplicación de restaurantes en muchísimas capitales y ciudades medianas de otros países latinoamericanos, europeos y en los Estados Unidos. Es más fácil encontrar vinos argentinos en el extranjero, con etiquetas bilingües; diseños de ropa o ropa de diseño. Sin embargo, hay otras partes de la cultura argentina que me parecen igualmente significativas y valiosas, y que tienen baja presencia internacional. Pienso en la reactivación imaginativa del mundo cinematográfico y editorial y en las excelentes manifestaciones teatrales.

 

¿Cuál es la condición para que una película, un libro, una manifestación musical sea valorada en otros países?

–Un movimiento necesario es salir de la exportación de lo exótico. A veces, desde afuera, tienden a colocar a los latinoamericanos en el lugar de lo “real maravilloso” y de lo que tiene que sorprender porque es un poco salvaje. Pero nuestra responsabilidad es colocarnos en el lugar de la capacidad de trascender la perspectiva local, sobre todo por la calidad de los bienes culturales, sin negar, por supuesto, el arraigo en lo que convencionalmente se estableció como propio, pero ofreciendo novelas, películas y perspectivas de análisis científico que dialoguen con otros modos de pensar e imaginar.

Si uno hiciera un recorrido por los bienes culturales argentinos que mejor han trascendido la frontera, tal vez encontraríamos que suelen ser los menos reverentes con nuestras formas convencionalizadas de crear y pensar: el tango no folclorizado de Piazzolla; la literatura menos complaciente, como la de Borges, Piglia, Aira; la lectura crítica del arte, la religión y la política de León Ferrari,  el humor de Fontanarrosa, que ironizó en sus relatos el criollismo, tanto como se burló del thriller estadounidense. Creo que ese tipo de intercambios, relacionándose, fusionándose con los otros, criticándolos y autocriticándonos, son los más productivos.