Cultura e imaginarios urbanos

“Un campus a la búsqueda de una ciudad”

Fragmento
publicado en Historias Compartidas: treinta años de vida universitaria, Vol. II, Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F. 2004.

Néstor García Canclini: Un campus a la búsqueda de una ciudad
Publicado en Historias Compartidas: treinta años de vida universitaria
Vol. II, Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F. 2004


Como con tantos lugares en una gran ciudad, o en la vida, uno comienza a llegar verdaderamente la segunda o la tercera vez. Llegué por segunda ocasión a la UAM en 1990. Se abrió un concurso para una plaza en el Departamento de Antropología y algunos profesores con los que antes había realizado investigaciones en la Escuela Nacional de Antropología e Historia me incitaron a presentarme. Les interesaba que me incorporase a la comisión que estaba diseñando el Doctorado en Antropología, y también para continuar los estudios sobre cultura urbana que habíamos iniciado juntos en la ENAH.

No fue fácil emigrar de la ENAH, donde encontré trabajo y receptividad como profesor-investigador desde mi llegada a México en 1976. Venía con el Doctorado en Filosofía y había hecho sólo estudios teóricos en antropología social. En la ENAH inicié con alumnos de licenciatura mis primeros trabajos de campo, en Michoacán, sobre las transformaciones de las artesanías y las fiestas populares en su circulación social, o sea cuando las culturas tradicionales y sus hacedores se confrontan con las ciudades, los turistas y la áspera competencia con eso que se resume bajo los nombres de capitalismo y modernidad. Hubo ciertos momentos difíciles en esa institución, pero en general las experiencias habían sido estimulantes, sobre todo el trabajo durante los años 80 en la Maestría en Antropología Social. Tuve excelentes alumnos, acompañé a varios de ellos en investigaciones de campo a distintas regiones del país, conocí así vertientes de la cuestión indígena y del mestizaje, diferentes de las que había estudiado en Michoacán. La ENAH apoyó siempre esas investigaciones, así como mis primeros trabajos en áreas urbanas, especialmente en Tijuana, esa ciudad-bisagra de la relación entre México y Estados Unidos. Me resultaba atractivo ingresar a la UAM, porque varios alumnos de la maestría de la ENAH, que me acompañaron en las investigaciones, Patricia Safa, Raúl Nieto y Eduardo Nivón, habían pasado a desempeñarse en esta Universidad.

La construcción de una mirada

Había tenido un primer acercamiento a la UAM en 1976, cuando llegué a México, y, como tantos migrantes, exiliados por razones políticas, íbamos distribuyendo el currículo por distintas instituciones a fin de explorar posibilidades de trabajo. En aquel momento las universidades mexicanas estaban en expansión. Había frecuentes concursos que se anunciaban en los periódicos, y de hecho así fue como entré a la ENAH, a partir de un concurso publicado en Excélsior, sin conocer a nadie en ese momento en la Escuela de Antropología. Sin embargo, en ese tiempo no encontré oportunidades para incorporarme a la UAM y fue hasta 1990 cuando regresé a su sede de Iztapalapa.

Por supuesto, encontré muy cambiado el contexto de la Universidad. Cuando visité la UAM en 1976, acababa de fundarse: había un hermoso campus en medio de una desconcertante soledad. Esa zona de Iztapalapa estaba casi deshabitada, y buena parte de los estudiantes llegaba en coche, signo a la vez de su nivel económico. Algo semejante ocurría en la UAM Xochimilco, aunque el entorno estaba un poco más poblado.

Cuando regresé a la UAM en 1990, encontré que aquel campus, construido en lo que entonces era una promesa de ciudad, se había convertido en una isla moderna, un tanto extraña, en medio de un suburbio ahora más definido por fábricas, talleres y esos testimonios de la precariedad que son las infinitas casas de autoconstrucción, como ocurre en la mitad del espacio urbano de la ciudad de México. La población estudiantil era distinta de la que había conocido en la ENAH y también en los tres años, de 1976 a 1979, en que di clases en la Facultad de Filosofía de la UNAM. A comienzos de los noventa, unos pocos alumnos de clase media se mezclaban con un alto número de estudiantes de familias populares, que vivían en los alrededores de la UAM o en otras periferias. El crecimiento atropellado, sorpresivo, del entorno urbano se reproducía de otro modo, con fines distintos, en esta comunidad académica peculiar. Como sabemos, hasta hoy distingue a la UAM-Iztapalapa el tener una planta de profesores de alto nivel (de las tres unidades de la UAM es la que tiene mayor porcentaje de representación en el Sistema Nacional de Investigadores), y en contraste un alumnado de licenciatura con pocos antecedentes de educación superior en la familia, o sea sectores populares que con esfuerzos arriban a la Universidad.

Las expectativas que tenía cuando ingresé a la UAM eran las de trabajar en equipo y desarrollar en mejores condiciones una carrera académica. Desde la Argentina había intentado formar grupos de investigación, aunque las inhóspitas condiciones políticas y económicas, sobre todo la estrechez financiera de las instituciones universitarias, habían desanimado, una y otra vez, ese objetivo. En la ENAH encontré recursos para que los profesores viajáramos con grupos de alumnos a distintas regiones del país. Había viáticos, una camioneta, algunos fondos para publicar lo que producíamos. Las condiciones parecían aún mejores en la UAM, con un crecimiento sostenido, alto número de investigadores jóvenes, dispuestos a explorar territorios poco trabajados hasta entonces por la antropología mexicana: las inciertas transiciones del desarrollo industrial y la condición obrera, el convulso movimiento de las megalópolis, en fin, cualquier tema que liberara a los antropólogos del estereotipo que los destinaba a ser especialistas en tradiciones.

No sé si la juventud y la perspicacia innovadora de los investigadores son suficientes para explicar la vocación por temas contemporáneos. Alguien dijo que la crisis económica de los años ochenta y la disminución de los presupuestos universitarios, al volver menos practicables los trabajos de campo prolongados en selvas y comunidades indígenas lejanas, impulsaron la investigación urbana, y sobre todo en la propia ciudad.

En la UAM-Iztapalapa, de todas maneras nos hubiera llevado en esta dirección la transformación del paisaje urbano que rodea a la Universidad. La ocupación de terrenos por migrantes y organizaciones populares llegó al mismo campus, ya que una parte del área de la Universidad fue ocupada durante varios años por paracaidistas: sus casas de madera y cartón, con pisos de tierra y diablitos para robar luz no permitían que nos aisláramos en las aulas y los jardines de la UAM. Aunque esta ocupación finalizó en 2003, la Central de Abasto, instalada a dos kilómetros de la UAM, no cesa de impulsar la proliferación de bodegas, centros comerciales, restaurantes y algún hotel. La multiplicación de edificios sólidos, bien construidos, no atenuaron la sensación permanente de estar rodeados por la informalidad urbana.

Los restaurantes caros que suscitó la próspera Central de Abasto no carecen de folklor, que se anuncia desde la extravagancia tropical de sus entradas y con nombres como “Doña Concha y Don Tibón”. Sus precios alejan a los estudiantes, y también a los profesores, salvo cuando la Universidad homenajea a un conferencista extranjero. Para quienes estamos diariamente en la UAM, las inmediaciones ofrecen otras alternativas, clasificadas en restaurantes clandestinos y clandestinos plus.

La certeza de que esta ciudad vive entre carencias y saturaciones no es contradicha por la exhuberancia de ese otro “campus”, esa “ciudad”que es la Central de Abasto, seguramente bien organizada – pese a su oscilaciones entre lo formal y lo informal – como para que puedan caber en sus 328 hectáreas las 350.000 personas que trabajan allí o usan sus servicios diariamente. La informalidad triunfa en el entorno. Lo comprobamos en la disputa de vendedores ambulantes y puestos semipermanentes por las escasas banquetas, o en la arrogancia de los camiones de tres vagones que cortan el tránsito porque les resultan insuficientes para maniobrar en las avenidas de 20 a 40 metros de ancho donde se aglomera la constelación de depósitos, bodegas y gigantescos trailers situados entre la Central de Abasto y la UAM.

Nunca es seguro si uno va a poder llegar puntualmente a una clase o a un colegio de profesores. Si viene por el periférico, al irse acercando a la altura de la UAM, los coches se vuelven insignificantes y tímidos ante los gigantescos camiones de carga procedentes del sur, del norte, de Puebla, de toda la República, que compiten con feroces microbuses para cruzar los semáforos antes de que cambien a rojo. Si se llega por el otro lado, por la ancha avenida Gavilán, que conduce a la puerta de entrada principal de la UAM, desde hace unos años todo mutó hasta volverse un escenario para película de Spielberg: monstruos mecánicos de tres cuerpos, montados sobre 50 ó 70 ruedas, experimentan hasta dónde pueden ser flexibles sus conteiners cargados con mercancías ocultas para lograr entrar en un portón de apenas 6 metros de ancho y 8 de altura. ¿Qué profesor de semiótica no va a demorarse para descifrar los enigmas de sus inscripciones, como los que piden precaución ante esta “unidad de doble semi tracción”?

No se necesita ir más lejos para registrar la informalidad. El entorno de la UAM ofrece uan versión fiel, a veces espectacular, de una megalópolis que se reproduce gracias a los variados aportes que hacen a sus estructuras y servicios insuficientes los taxis sin licencia, puestos de discos y videos piratas, comercios domésticos no autorizados, niños y adolescentes que ofrecen servicios y mercancías en las esquinas, músicos en el metro, cartoneros y recicladores de desechos, revendedores de entradas para espectáculos y redes de cuidadores espontáneos de autos, restaurantes clandestinos y clandestinos plus.

Una visión multifocal

Las esperanzas de desarrollo profesional y de investigación fueron desarrollándose más allá de lo que había imaginado. Al mismo tiempo que en la licenciatura vivimos el desafío de iniciar a alumnos en un aprendizaje laborioso, el Doctorado en Antropología fue atrayendo a antropólogos e investigadores de otras carreras – economistas, sociólogos, profesores de literatura y comunicólogos – que buscan en la disciplina antropológica un saber o un tipo de mirada más atenta a lo cualitativo y a las vivencias de los sujetos.

Las experiencias más productivas las viví en el Programa de Estudios sobre Cultura Urbana, que he podido coordinar en estos 15 años en la UAM. Había iniciado la investigación urbana en la ENAH, en 1989, con un primer estudio académico sobre consumo cultural en la ciudad de México. Aplicamos una encuesta en 1,500 hogares, y realizamos algunas investigaciones de tipo etnográfico cualitativo. La UAM acogió este programa desde 1990, facilitó que se incorporaran investigadores con los que ya había trabajado en la ENAH, y otros del INAH y de FLACSO. En 1993, un subsidio amplio de la Fundación Rockefeller nos permitió convocar a un concurso internacional de investigadores visitantes y proponer un programa ambicioso para indagar aspectos poco estudiados del desarrollo cultural y comunicacional de la ciudad de México y su zona metropolitana. Recibimos a antropólogos, arquitectos y comunicólogos de España, Italia, Argentina, Perú y Venezuela, y de otras instituciones mexicanas, que se sumaron a nuestro programa para realizar una investigación colectiva. Esta etapa duró cuatro años, y culminó en un libro de dos volúmenes, Cultura y comunicación en la ciudad de México, que contiene dieciséis investigaciones sobre las transformaciones del Centro Histórico, el Distrito Federal y sus periferias, la historia del habitar y las relaciones entre vecinos e instituciones, la multiculturalidad urbana y sus procesos de modernización (centros comerciales, las representaciones de lo urbano en la prensa, la radio y la televisión, los rituales e invenciones de las manifestaciones de protesta). El trabajo conjunto con los investigadores de la UAM – Miguel Ángel Aguilar, Raúl Nieto, Eduardo Nivón, Ana Rosas Mantecón Patricia Safa Barraza- y con los visitantes – Anahí Ballent, Francisco Cruces, María Teresa Ejea, Ángela Giglia, Patricia Ramírez Kuri, Amparo Sevilla, César Abilio Vergara, Esteban Vernik y Rosalía Winocur – fue tan productivo y estimulante que nos mantiene conectados hasta hoy a los que seguimos viviendo en México.

Realizamos también otro estudio, junto con Ana Rosas Mantecón, y Alejandro Castellanos, dedicado a analizar la historia de la fotografía en la segunda mitad del siglo XX, con el fin de registrar las representaciones sobre viajes en la ciudad de México. Con una selección de ese material reunimos grupos focales de gente que viaja intensamente por la ciudad: repartidores de alimentos y choferes de taxis, estudiantes y madres que llevan niños a la escuela, policías de tránsito y automovilistas de clase media. Al presentarles fotos y películas de distintas épocas, que mostraban diversos modos de viajar por la ciudad, su memoria evocaba relatos y opiniones de cómo habían cambiado las travesías por la urbe. Logramos, así, mediante la reconstrucción de los imaginarios urbanos y de las experiencias generadas por los viajes a través del DF, producir el libro La ciudad de los viajeros.

En los años siguientes, fueron sumándose investigadores visitantes de Brasil, Argentina y Estados Unidos, y estudiantes del Doctorado de Antropología, cuyas tesis revelaban otras dimensiones de la vida en la ciudad, o sobre las relaciones entre cultura y comunicación. Como varios estudiantes provenían de otras disciplinas, fuimos configurando una visión multifocal sobre lo social y lo cultural. La apertura académica del Departamento de Antropología hacía propicio este tipo de búsqueda. Tanto en la investigación personal como en equipo, y en las tareas docentes, encontré en esta flexible concepción de la antropología en la UAM la oportunidad de trascender el análisis de comunidades tradicionales como las indígenas o campesinas, o de pequeñas unidades urbanas (un barrio o una calle) y experimentar observaciones sobre los objetos locales de estudio que permitieran captar cómo son atravesados por procesos trasnacionales o de comunicación masiva. Sin descuidar el registro etnográfico de la densidad cotidiana, aprendimos a usar encuestas, censos, esos instrumentos que permiten establecer las grandes tendencias y aceptar los desafíos de los cambios de escala en la lectura de la vida social. Un complemento estratégico fue para mí el trabajo con imágenes, como otra vía de acceso a la síntesis y los enigmas del sentido, por lo cual no es accesorio que varios de mis libros incluyan obras artísticas y documentos fotográficos, ni fue casual que entre los investigadores visitantes en el Programa de Cultura Urbana eligiéramos al fotógrafo Paolo Gasparini. Es coherente con este énfasis que el Departamento de Antropología incluya un Laboratorio de Antropología Visual, y que el posgrado sea receptivo a varias tesis orientadas en esta dirección.

Durante la última década creció esta investigación combinada de lo íntimo, lo urbano y la macrosocial en el Departamento de Antropología, como en otras áreas de la UAM y otros centros académicos. Se busca estudiar no sólo grupos pequeños de población sino procesos trasnacionales, y tenemos varios especialistas con reconocimiento internacional especializados en políticas culturales, análisis institucionales y procesos migratorios. Pienso que esta versatilidad ha sido clave para abarcar objetos de estudio más complejos y encarar problemas teóricos de mayor envergadura que aquellos suscitados por la observación empírica de lo particular. Al menos en mi caso, diría que las oscilaciones entre varios países me incitaron a colocar la interculturalidad en el centro de las investigaciones; la reflexión y la UAM – así como los diálogos que esta institución facilitó – me ayudaron a estudiarla con una perspectiva interdisciplinaria.

Parte de nuestra tarea como investigadores en estos años ha sido intentar asesorías y seminarios con organismos de gestión: hemos realizado estudios sobre públicos, consumos y políticas culturales para el gobierno del DF, para el Instituto Mexicano de Cinematografía y para CONACULTA; expusimos los resultados en reuniones académicas y también en seminarios con funcionarios de CONACULTA, de la Secretaría de Cultura del Gobierno y de Delegaciones de la ciudad. Participamos en el Fideicomiso de Estudios Estratégicos del DF que en los dos últimos años de la década pasada, con auspicio del gobierno y participación de decenas de especialistas en cuestiones urbanas, elaboró el mayor diagnóstico sobre vivienda, transporte, alimentación, salud, desarrollo económico, participación social, y, en nuestro caso, comunicación y cultura, diseñando para todas estas áreas escenarios prospectivos hacia 2006 y 2020.

Revisar los modelos

La UAM no tiene un solo modelo, como sabemos, en su desarrollo académico. Quizá las unidades de Iztapalapa y Azcapotzalco presentan mayores analogías, en tanto el sistema modular de Xochimilco se desenvolvió en otra dirección, de manera que la Universidad presenta una estructura flexible, acorde con esta libertad de investigación y también con los énfasis que se le ha querido dar en una u otra zona de la ciudad. Sin embargo, a 30 años de su fundación, en el tiempo en que la zona metropolitana de la ciudad de México ha crecido de 9 millones de habitantes a los más de 20 millones que tiene en la actualidad, conviene preguntarse si esta manera de definir el trabajo, el perfil académico y urbano de la Universidad Autónoma Metropolitana es el más pertinente para las necesidades del nuevo siglo. Quisiera decir mi opinión en este sentido.

Siempre tuve una sensación de extrañeza ante la decisión de colocar las sedes de la UAM sólo en zonas extremas de la ciudad, con esta distribución un poco dispersa. La descentralización y el tamaño de la Universidad (acertadamente limitado a 15 mil estudiantes en cada unidad) me parecen valiosos, pero condicionan su expansión y restringen la participación en áreas protagónicas de la vida de la ciudad y del país. Este límite en el crecimiento vuelve más gobernable la institución y permite desempeñarse mejor en relación con las muchas variables que intervienen en una universidad. Sin embargo, ganaríamos otro tipo de presencia con una sede en una zona más céntrica, o al menos con actividades escolares y de difusión cultural que no se realicen sólo en las tres unidades periféricas que la UAM ha tenido hasta ahora. Adquiriríamos una presencia vigorosa y elocuente si estuviéramos también en el centro de la ciudad. Estoy pensando en una sede mayor que la Casa de la Primera Imprenta, o quizá en el sur, en zonas como San Ángel o Colonia del Valle.

En los estudios que hemos hecho sobre consumo cultural en la ciudad vemos que las prácticas culturales de los habitantes están condicionadas por la distribución inequitativa de los equipamientos culturales. La mayor parte de los teatros, salas de concierto, librerías, y hasta hace poco las salas de cine, se encuentran en un triángulo que va desde el Zócalo a Chapultepec y se cierra al sur en Ciudad Universitaria. Como advertimos en las investigaciones sobre las prácticas culturales en la ciudad de México, esta distribución genera asimetrías en el desarrollo urbano y en la capacidad de acceso de los habitantes a las ofertas tan desequilibradamente presentadas en la urbe. No se trata de acentuar esta desigualdad. Sólo crear un foco irradiador que, teniendo en cuenta que la UAM ya dispone de instalaciones de docencia, investigación y difusión cultural en tres extremos de la ciudad (pronto cuatro con Cuajimalpa) y que algunos proyectos en ciencias básicas, en las tecnológicas y en ciencias sociales han logrado vincularse con la población del entorno de estas unidades, logre expandirnos hacia otras zonas más estratégicas del desarrollo urbano.

Para vincularnos más creativa y elocuentemente con la vida de la ciudad, sería útil generar también programas de acción cultural y de extensión del conocimiento científico en los medios masivos de comunicación. Otra conclusión de los estudios sobre el desarrollo cultural de la megalópolis, es que la vida cultural de la ciudad no se realiza sólo en espacios físicamente limitados: teatros, salas de conciertos, conjuntos de multisalas de cine, sino de modo más diseminado a través de la radio, la televisión y otros medios comunicacionales propios de esta época de industrialización de la cultura. En una comisión que el Rectorado de la UAM creó en 1996, compuesta por los tres directores de difusión cultural de las unidades y por dos investigadores de cultura, propusimos que la Universidad generara actividades más extendidas en el conjunto de la ciudad, así como programas de difusión sistemática en radio y televisión. Esta amplificación de la voz de la UAM se justificaría, ante todo, por la necesidad de transmitir a través de una difusión cultural de nivel académico, no necesariamente aburrida o pesada, sí de calidad, un repertorio más sofisticado que el que habitualmente se ofrece en los medios comerciales. Aun desde el punto de vista educacional, sería útil esta expansión de la presencia de la UAM en otros espacios urbanos, hacia otros sectores, y a través de medios de comunicación, para atraer un alumnado más diverso, que se interesaría por conocer cómo es esta Universidad que se presenta de esta manera.

Parece claro que, aun con la multiplicación de universidades privadas ocurrida en la ciudad de México y en el país en los últimos años, la UAM sigue representando una de las opciones de mejor nivel académico, con mayores garantías para dar una formación de calidad a los estudiantes universitarios en licenciatura y posgrado. Sin embargo, la vitalidad de cualquier institución depende de la renovación de sus agendas, de su perfil y de su capacidad de proponerse objetivos nuevos. En ese sentido, me parece que el balance de los 30 años de la vida de la UAM es francamente positivo. Quienes participamos en ella, hemos sentido que la institución nos da una casa para proyectarnos, para sentirnos responsables de la sociedad y colaborar en medio de sus conflictos. Al mismo tiempo, es posible pensar que nuestra Universidad tiene por delante un futuro que todavía no conocemos.

El filósofo Jean François Lyotard comenzaba sus conferencias en la Universidad de Irvine, California, en 1986, en las que le pidieron trazar un balance de su historia intelectual, con la reflexión de que es muy difícil decir si ciertos hechos marcan el fin de algo o el comienzo de otra cosa. Él sostenía que cualquier narrativa comienza en el medio de las cosas, que su llamado fin es un corte arbitrario en la secuencia infinita de datos. Lo que pude hacer en la UAM, entre 1990 y hoy, julio de 2005, ha sido en buena medida el resultado de las condiciones excepcionales de trabajo, que situaría entre las más satisfactorias que se pueden encontrar en América Latina, y de haber podido trabajar en equipo con investigadores que – todos – crecieron, se doctoraron o están a punto de hacerlo. En lo personal, adoptaría la fórmula de Lyotard para decir que la UAM no fue un comienzo ni un fin, sino un tiempo decisivo en el que pude desarrollar mi formación iniciada fuera de México y en México (desde la Argentina y Francia hasta la ENAH y la UNAM), y me alegra que siga siendo un lugar donde las expectativas son posibles. Como institución, veo en la UAM el resultado de muchos logros, ensayos, errores y expectativas construidos a lo largo de la historia universitaria y social de México, y también el resultado de un proyecto ambicioso, arriesgado, que se diseminó en el conjunto de esta enorme metrópoli. Aún puede revitalizarse en la medida en que miremos con atención los conflictos, las contradicciones, el difícil futuro de esta megaciudad.