Crónicas

“Nuestro ex Lejano Oriente: China y Japón”

abril de 2009.

 

Néstor García Canclini: “Nuestro ex Lejano Oriente:
China y Japón”
Abril de 2009.

Cero

Un viaje de 23 días por China y Japón da pocos conocimientos. Nada que se aproxime a una descripción etnográfica a lo largo de uno o dos años. Peor aún si no se conocen los idiomas. Por momentos, lo más razonable parece quedar en silencio, como me ocurrió ante conjuntos de bellos caracteres cuyo significado desconozco, y sentir la emoción ignorante, como tantas otras, porque se detiene en la forma, en las asociaciones y disonancias que suscita en quien no está preparado para acceder a su significado.

Lo mismo ocurre con los lenguajes de los jardines o los templos, los comportamientos de los cuerpos o la interacción entre gestos. Puedo compartir mi desconocimiento con acompañantes, aprender algo de lo que me cuenta Magali, que viene leyendo y practicando algunos de estos saberes en su propio jardín. Pero la sensación de lo que uno ignora y no puede descubrir es tan vasta que lo único sensato parece callarse.

Sin embargo, por más que durante parte del viaje haya tenido esta actitud, hay momentos en que algo parece revelarse (en el sentido más laico). Un hallazgo ocasional, la comprensión de un pequeñísimo fragmento, la posibilidad de pensar de otro modo. No sé cómo llamar a eso que es distinto de la información proporcionada al leer una guía, ver películas o leer novelas chinas o japonesas. Algo diferente sucede al visitar por primera vez un palacio imperial, recorrer ciudades donde se desvanece la antinomia Oriente/Occidente y hablar allí de este asombro con dos mexicanos, Armida de la Garza y Germán Gil, que hace tres años decidieron venir a vivir y enseñar en una ciudad mediana de China, Ningbo (apenas 4 millones y medio de habitantes), otro mexicano, Raúl Nivón, que cuenta haber llegado hace 30 años a Japón a partir de que le preguntaban en México, a causa de sus rasgos, si era japonés; o Jun Ishibashi, primero gerente de SONY en Caracas, desde donde conoció casi toda América latina, y luego pasó a la antropología para enseñar en Tokio lo que investiga sobre la cultura popular venezolana. Sin su apoyo el viaje no hubiera tenido la densidad que disfrutamos, y en cierto modo estas notas son una manera de continuar la conversación con ellos sobre las etapas en que nos acompañaron y las que no vieron.

Más que conocimientos, encontré oportunidades para imaginar nuevos interrogantes. Después de estudiar varios años la megaciudad de México, me hice por primera vez ciertas preguntas sobre el Zócalo cuando llegué a la Plaza de Tiananmén. Algo sucedió en mi modo de pensar sobre los medios, sobre la clasificación de los libros y las imágenes, que quizá no se me hubiera ocurrido sin visitar una librería de siete pisos en Beijing. Quizá estas vivencias de corto plazo ofrecen, más que saberes, cambiar la manera de buscarlos.

Uno: consumo

Shanghai: Hotel Hyatt en un edificio de 90 pisos. El hotel comienza en el piso 54. Desde el 70, donde estamos, se ven en todas las direcciones edificios que oscilan de 30 a 80 pisos. Mirando por una ventana cuento unos 100 rascacielos hasta donde ya el horizonte se vuelve borroso por la bruma o la contaminación. Alrededor de nuestro edificio, muchos otros en construcción, grúas gigantescas y terrenos en preparación para alzar más. Casi ninguno tiene nombre, solo unos pocos anuncian Radisson, St. Regis o siglas que, imagino, pertenecen a empresas transnacionales.

Al viajar por la ciudad, en barrios lejanos también la edificación, siempre vertical, exhibe miles de departamentos en cada edificio, semejantes por su estructura alargada (150 a 200 metros de ancho) a las supercuadras de Brasilia. Pero en Shanghai casi nunca dejan entre uno y otro espacios verdes.

Al ver la sobresaturación de rascacielos y de hoteles Sheraton, Hyatt, Ramada, y los rostros de la gente, uno tiene la impresión de estar en una megalópolis estadounidense que de pronto se ha llenado de migrantes chinos. Luego, advierte que en Estados Unidos no hay ciudades tan verticales y tan extensas, ni siquiera Manhattan. Sólo puede ser Shanghai.

Me cuentan discusiones entre los dirigentes al ir apareciendo problemas no previstos por este crecimiento aglomerado en sólo 15 años: servicios insuficientes de transporte, congestiones de tránsito, contaminación de la mitad de los ríos, del suelo y el aire por el bajo control a las industrias, el vasto uso de carbón para producir energía, y aun derrumbes, como ocurrieron en la región central de China, porque debido a la corrupción no se colocaron barras de acero que dieran seguridad a los edificios ante los sismos.

En las calles de Shanghai las multitudes en bicicletas y motos, un número alto de automóviles, la gente bien vestida y alimentada, muestran que una franja amplia de la población tiene acceso a bienes y consumo modernos. También por el profuso empleo de celulares, especialmente los jóvenes. Todos los servicios manifiestan que los cambios del campo a la ciudad, de una sociedad imperial ensimismada a otra cosmopolita y bilingüe, ocurrieron en pocos años. Son excepcionales los que hablan comprensiblemente el inglés y entienden frases completas. No lo habla la mayoría de los choferes de taxis, personal de tiendas y otros oficios donde todos los días se habla con extranjeros. Van por detrás de los hoteles cinco estrellas y autopistas de seis carriles o de la extendida moda internacional y los diseños arquitectónicos innovadores. “Manejan los autos en forma bicicletera”, me dice Magali. En cruces donde el semáforo tiene luz para girar a la izquierda, los coches que lo hacen deben ir esquivando motos y bicicletas que vienen al mismo tiempo en dirección opuesta. China evidencia que el crecimiento económico orientado por una planificación concentrada puede transformar en una o dos décadas la infraestructura habitada por centenares de millones de personas. Pero cambiar los hábitos y disposiciones culturales requiere décadas, dos o tres generaciones.

Es inevitable la comparación con Cuba y con las sociedades de Europa del este, largamente dominadas por el autoritarismo, que fueron descomponiéndose hasta caer en distintas formas de penuria. China parece, por ahora, un autoritarismo eficaz. Aun quienes prefieren sociedades democráticas, dicen que los jóvenes de hoy viven mejor que sus padres y abuelos. Si aquí están todas las principales tiendas y marcas occidentales o japonesas es evidente que un buen número de chinos compra ropa, esos coches y motos, y a la vez, como sus precios son semejantes a Nueva York o Londres, es obvio que la distribución de la riqueza no es equitativa, ni tiende a serlo; pero el incremento exponencial de inversiones multinacionales está favoreciendo una prosperidad económica y un acceso más amplio a bienes modernos y a otros simplemente indispensables que en los países llamados socialistas o en los latinoamericanos llamados emergentes. ¿Cómo evolucionará el pacto entre un Estado monolíticamente autoritario y las grandes corporaciones? La formula “capitalismo de Estado” ya no es aplicable.

En tanto, China sigue creciendo después de la crisis de 2008: 6 u 8 por ciento según las estimaciones del Banco Mundial o de ellos. Por su parte, las corporaciones amplían sus negocios mientras en el resto del mundo cierran plantas y despiden personal: Walmart, que tiene 144 sedes en China, planea abrir 23 más en 2009; Carrefour, que cuenta con más de 100 supermercados, también promete más tiendas. Se construyen en todas las grandes ciudades megacentros comerciales. En Beijing me dicen que cada día ingresan 1,250 nuevos coches a la ciudad.

Como el paisaje anónimo de los rascacielos, donde cuesta saber cuántos están ocupados por oficinas, tiendas, hoteles o departamentos, los movimientos económicos –y seguramente sociales- son menos visibles que en el capitalismo occidental con su publicidad ostentosa. Aunque algunos signos, que no sé descifrar por la lengua, sugieren algo análogo: pregunto a la guía china qué anuncian los carteles espectaculares, casi todos sin imágenes, frecuentes a los lados de la carretera entre Shanghai y Hangzhou. Me contesta que ofrecen coches, casas y aparatos electrónicos. En todas las zonas turísticas, en ciudades grandes y medianas, 8 o 9 de cada 10 turistas son chinos. ¿La mejora en el nivel de vida y el consumo moderno crea consenso? ¿En qué medida la censura y la represión, aplicadas severamente cuando las juzgan necesarias, permiten canales de televisión occidentales, ediciones chinas de decenas de revistas europeas y estadounidenses de política y moda en chino, (Time, Newsweek, Elle, Vogue), porque el bienestar y el ascenso experimentados por sectores amplios dan legitimidad a este régimen?

Si pretendiera estudiar a China, pondría como una hipótesis que el consenso nacional se hace, en parte, facilitando el consumo de productos importados y el acceso a redes transnacionales.

En vista de que un sector de lo que subsiste de las izquierdas en el mundo sigue asociando esa posición política con redistribución de los beneficios del trabajo, otra con defender lo que queda del Estado de bienestar y otra adhiere al moralismo anticonsumista condenando los deseos de los trabajadores de gozar bienes materiales y simbólicos, quizá el PC chino sea el único que se ha dado cuenta de que ampliar el consumo es legítimo y crea consenso. Pero ¿podemos llamar de izquierda a un Partido y un gobierno que promueven la expansión de megaempresas transnacionales, crean una nueva élite empresarial en el país, generan prosperidad nacional a partir de mano de obra barata y democratizan poco las decisiones?

Dos: clasificaciones

A. Pienso en la Plaza de Tiananmén y el Zócalo de la Ciudad de México: el poder se manifiesta no sólo en los edificios monumentales sino en la creación de enormes espacios vacíos. Esos patios y plazas pueden funcionar ocasionalmente como escenarios de concentraciones humanas que aclaman a los poderosos, sirven de espejo. Pero la mayor parte del tiempo están deshabitados: ni personas que atestigüen y celebren, ni objetos que representen el poder. Están vacíos, extendidos en pisos de piedra monótona, como evidencia de que nada altera el control de ese territorio.

Por eso, los movimientos de protesta han intentado, a veces, culminar sus marchas en esas plazas gigantescas. Por eso, han ocurrido allí las mayores represiones. Tan grave como intentar el asalto de los palacios donde se gobierna es querer dar otro sentido a esos planos grises, grandiosos en su despojamiento, donde los poderosos representan la ausencia y el silencio.

La gran alteración que propone la videocultura y la masificación industrializada del ocio se percibe con elocuencia al llegar por primera vez a la Plaza de Tiananmén: las multitudes que llenan la plaza con ropas semejantes, algunos con gorros amarillos y otros rojos, y con banderas que se alzan cada tanto, me evocan las manifestaciones políticas en el Zócalo de la Ciudad de México. En Tiananmén eran decenas de miles de turistas y las banderas de color eran llevadas por guías que conducían a la multitud para que circulara ordenadamente por la plaza y luego ingresara, pagando la entrada, al Palacio Imperial. De la disputa por el espacio público a su uso encarrilado, de la militancia al turismo. Hace décadas que el gobierno no reside en el Palacio Imperial en Beijing, ni en el palacio de gobierno de la Ciudad de México. La ocupación de las plazas vacías por multitudes mediante el dispositivo turístico conduce a salones y corredores, o a más patios inmensos y vacíos, donde el poder ya no se ejerce. A los gobernantes se los ve en la televisión y en las fotos de los periódicos. La ocupación ocasional y prolija de la plaza, la visita a pabellones fantasmales, es para algunos el modo de evocar la toma de esos edificios por revoluciones que ya no lo son, para otros el recuerdo vivaz de un proceso histórico que los benefició, para muchos significa poder adivinar, tras los vidrios de ventanas, salones y muebles, que todavía enorgullecen su historia nacional, o lo que queda del imperio.

B. La Gran Muralla, con sus 8,851 kilómetros de construcción por valles y empinadas montañas, cuya construcción y reconstrucciones llevó mas de 2,000 años, es otro modo de monumentalizar el poder. ¿Por qué se volvió tan importante como para durar tanto tiempo, sobrepasar la resistencia de picos nevados y sacrificar, en tiempos en que China contaba cinco millones de personas, a una quinta parte de la población, posiblemente cerca de la mitad de los hombres en edad de trabajar? La muralla, se nos dice, defendía a China de invasiones, sobre todo de mongoles, y del tráfico comercial. También sirvió como carretera elevada que facilitaba el paso de personas, mercancías y el ejército por las montañas.

¿A quienes defendía? Suele afirmarse que a las dinastías que se extendieron desde el siglo VII antes de Cristo hasta el siglo XVII, menos a los habitantes comunes, que en buena cantidad perecieron durante la construcción y aun a causa de ella. Su pretensión de proteger hasta el infinito, de hacer trabajar ilimitadamente, tiene analogías con las desmesuradas plazas vacías. Pero en la muralla el espacio extendido hasta donde no se puede ver tiene por función delimitar un adentro y un afuera. Al comprobar todo lo que no se podía hacer dentro porque se empleaba a los hombres, su tiempo y la riqueza de un imperio en trazar el límite respecto de la diversidad del mundo que quedó fuera, se tiene la sensación de que el muro que excluía estaba también encerrando a los que quedaban dentro.

En 1987, una China que se abría al comercio internacional y las inversiones extranjeras, logró que la UNESCO incluyera a la Gran Muralla en la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad. ¿Un muro que separa, que quiso separar a China del resto de los hombres, puede ser patrimonio de todos?

En abril de 2009, cuando la visité, la sobria placa colocada por la UNESCO, de 2 metros por 1.50, seguía garantizando ese mérito en la entrada a la muralla. Mucho más arriba, en uno de los cerros más altos por donde pasa el muro, un gigantesco cartel, fechado en 2008 y con el logo de las Olimpiadas celebradas ese año en China, declaraba “One world, one dream”. ¿Por qué tenemos que tener todos un solo sueño? ¿No es justamente cada frontera alzada y vigilada con muros, con soldados y miles de cámaras filmadoras (como también tiene la de China), un modo paradójico de decir que hay un solo sueño válido? La obsesiva pared y el cartel olímpico excluyen los sueños de los otros, mantienen la pretensión de desconocer la diversidad.

Sueños: repensar las diferencias y continuidades entre la Gran Muralla y las grandes represas construidas en los primeros años después de la revolución transportando también masivamente bloques de piedra.

C. El dialogo entre la diversidad y las murallas es más complejo. Entro en Beijing a la Wangfuging Bookstore, que está festejando su 60 aniversario: cinco pisos de libros en chino, de todas las ciencias, humanidades, artes y diseño. Un piso más dedicado a los libros extranjeros, en su mayoría en inglés, con amplio repertorio ideológico de géneros literarios y autores, aun los criticados por el marxismo. En el sótano, donde coexisten discos y videos chinos y de otras zonas del mundo, me llaman la atención dos clasificaciones. La llamada música clásica europea, en parte, está agrupada bajo ese nombre en inglés, y otra parte –Beethoven, Mozart, Bach, muchos barrocos- como “música light”. Advierto que en la sección denominada “música clásica” se hallan discos editados “en ultramar” (overseas music), en tanto las ediciones chinas, ordenadas bajo el nombre de light ofrecen cajas con discos de músicos occidentales junto a discos de “coffee music”, “ballroom dancing music”, “crystal spa” y “emocional intelligence music”.

En la parte de video no puedo dejar de pensar que están discutiendo humorísticamente con los Blockbusters estadounidenses. Estas tiendas suelen agrupar por género –terror, policial, comedia, etc.- el cine de Estados Unidos; el de otras nacionalidades, como el mexicano en México y el brasileño en Brasil, se encuentran bajo el título de “cine extranjero” o sea que identifican el cine estadounidense con El Cine. En la gran tienda de Beijing, la mayoría de los estantes son ocupados por filmes chinos, en otros leo “cine japonés” o “coreano”; el cine estadounidense y europeo se ordena como “foreign films”. La categoría de extranjero mezcla épocas y países: Titanic, The day after tomorrow, Patton, Hitchcock, Truffaut, John Ford, Million Dollar Baby y series completas de 007 y Bourne.

Tres: redes

Cuando uno desconoce una ciudad y tiene pocas imágenes previas, puede lograr un equilibrio placentero entre elegir los consejos de una buena guía de viaje -o del amigo que recibe- y dejarse llevar por la ciudad misma. Fue lo que me ocurrió en Kioto: había que ver los templos budistas, los jardines y bosques de bambú, el Palacio Imperial, todo lo que se pudiera de los 17 lugares de la ciudad declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero la ciudad actual, que se diferencia de otras japonesas por no haber sido bombardeada en la guerra, guarda su densa historia. Tuvimos la dicha de visitarla en la semana en que florecen los miles de cerezos, y eso contribuye a dar continuidad a los jardines inmensos, las avenidas y las calles íntimas. Aparecen algunos edificios altos, el primero en la estación a la que llega el tren bala a 350 kilómetros por hora, una espléndida construcción de Hiroshi Hara, que tiene arriba centro comercial, hotel y teatro. Pero la cuadrícula urbana de fácil recorrido y el tamaño más bien bajo de Kioto contribuye a sentirla cómoda para el ritmo de las bicicletas y las caminatas interminables, casi continuación del andar descalzo dentro de los palacios y de casas, restaurantes y tiendas.

Dos hechos alteraban ese modo amable de la ciudad. Por un lado, el ruidoso y sobre iluminado barrio Gion, donde antiguos locales que siguen siendo bellos “gritan” en anuncios de neón que allí hay restaurantes y casas de té donde pueden hallarse geishas y otros placeres. Por otra parte, los 1,600 templos budistas, la mayoría pequeños o medianos, integrados a la escala urbana y a veces semi escondidos en el centro de una manzana: la ausencia de fieles en la mayoría o la agitada visita de turistas dejando su ofrenda en los templos principales, me hizo preguntar de qué viven, cuál es su actualidad en medio de una población que practica poco su religiosidad, o toma el budismo por su sentido filosófico y lo comparte con el shintoísmo. No reciben subsidio estatal. El fervor de unos pocos practicantes, menos que los turistas, hace pensar –como ocurre con el catolicismo en muchos países- en qué dosis ese legado histórico sigue vigente como religión o como negocio turístico. Se necesitaría más tiempo para saberlo, e incluso para decidir si la pregunta está bien formulada.

Tokio, en cambio, es una interminable conurbación de ciudades modernas, construidas en gran parte durante la segunda mitad del siglo XX, y esa arquitectura, que conocemos por tantas películas, favorece que en las calles donde la iluminación moderna no impone carteles en japonés, nos sintamos en una urbe occidental y en las otras en una exageración de Times Square o la calle Corrientes de Buenos Aires. Cuando los anuncios de neón y las pantallas ocupan cinco a diez pisos de un rascacielos, o cuando vemos jugar en las noches al fútbol rápido en una cancha situada en la terraza de un edificio de 15 pisos, la modernidad parece definirse por el combate por el espacio y los modos de estimularse.

Quizá para situarse en la organización posturbana del espacio de Tokio lo mejor sea alojarse en el hotel situado en la torre Shibuya: no está situado en medio de los servicios necesarios para vivir sino que los contiene. El hotel comienza en el quinto piso, en el tercero y el cuarto hay restaurantes, tiendas y oficinas variadas, y hacia abajo se cruzan varias líneas del metro. Algo semejante al neourbanismo impulsado en grandes ciudades chinas, especialmente en Shanghai (y como sabemos en muchas metrópolis occidentales): los barrios con sus especializaciones y convivencias comunitarias van perdiendo importancia cuando grandes edificios agrupan departamentos y hoteles, oficinas, bares y restaurantes, bancos, cines y shoppings. El pasaje de la sociedad como espacio urbano a la sociedad como red se siente cuando uno sale del hotel o del metro y se mete en el torbellino que cruza ese tejido de calles, o se visualiza desde el piso 20 cuando, en la dirección habilitada por cada corte de semáforo, se teje una malla de caminantes, apurados porque son miles para cruzar en ese minuto y después seguirán los que van en las otras direcciones.

Cuatro: interdependencia

Aun desde una perspectiva centrada en occidente es claro que Oriente lleva mal ahora el adjetivo Lejano. Basta pensar en las decenas de vuelos diarios de aerolíneas europeas, estadounidenses y latinoamericanas, como Aeroméxico, que tienen vuelos directos a Tokio, Shanghai y Beijing. Decir vuelos implica comercio intensivo, intercambio de trabajadores, técnicos y empresarios, operaciones económicas, financieras y culturales que se hacen, aun más que por líneas aéreas, a través de redes digitales. Se percibe al caminar por Shanghai y Beijing, por Tokio y Kioto cuando las marcas de ropa, coches y alimentos occidentales aparecen frecuentemente, así como en muchos países occidentales los coches más vendidos son Honda, Nissan y Toyota, las computadoras y los televisores predominantes llevan nombres asiáticos, los mercados informales –más del 50% del comercio en varios países latinoamericanos- mueven sobre todo productos chinos y coreanos.

Sin embargo, habría que ver si el estudio recíproco está creciendo más de Oriente hacia Occidente que a la inversa. Si núcleos de la cultura cotidiana occidental como la televisión, las computadoras, los coches y la ropa provienen en buena medida de Asia, no es extraño que los chinos y japoneses multipliquen los programas de investigación sobre Estados Unidos, Europa y América latina. Han realizado convenios con universidades estadounidenses y europeas para que formen a los estudiantes chinos en inglés, español y sobre todo en “business”. La Universidad de Nottingham en Ningbo, con un rector chino y otro inglés, financiada por esa universidad inglesa y por una empesaria china (que auspicia varias universidades más en su país) creció en los siete años que lleva en China a un ritmo que no conocen las universidades occidentales. En el diálogo posterior a mi conferencia en esa universidad, en la que propuse repensar las nociones de adentro y afuera en las culturas nacionales a partir de las experiencias de jóvenes latinoamericanos interconectados globalmente, el Director del Departamento de Humanidades, Paul Gladstone, me dijo que esas dos nociones no tienen en China el sentido de oposición que les atribuye al pensamiento occidental. Explicó que en China, como imperio, la expansión es concebida como crecimiento de lo propio. Pienso inmediatamente en mis diálogos con académicos estadounidenses, en sus modos de mirar lo otro y sospecho que la analogía es parcialmente válida también para Estados Unidos, Gran Bretaña, y otros imperios.

¿Dónde termina el adentro y comienza el afuera? Leo en una revista producida en China, que en realidad es el Time out, edición Beijing, un articulo de Timothy Garton Ash, donde razona por qué, luego de especializarse en estudios europeos y haber dedicado su último libro, Free World, a las relaciones entre Europa y Estados Unidos, va a dedicar sus próximos años a China. “La emergencia de Obama es un acontecimiento excitante, afirma, pero las ideas son muy familiares; el debate de nuevas ideas y nuevas combinaciones de ideas ahora parece estar ocurriendo en China.” ¿Qué puede producir, en la actual crisis, este “capitalismo leninista”? Relata que en una reciente encuesta, al preguntar si China reemplazaría a los Estados Unidos como potencia líder, casi la mitad de los europeos respondió afirmativamente y un tercio de los estadounidenses también. No es extraño, agrega, que un número creciente de académicos de universidades como Oxford y Standford estén reorientando su trabajo en esta dirección. Garton Ash, historiador en Oxford y también columnista de opinión en The Guardian, afirma que la urgencia por entender estos procesos lo hace vivir la tensión entre los tiempos largos de la investigación académica, la concentración en la cultura de bibliotecas, y, por otro lado, hablar en los cafés con la gente común, hacer un buen periodismo que ayude a muchos occidentales a repensar críticamente esta ampliación del horizonte. El articulo de Garton Ash se titula “How I research” (Time Out, abril 2009, N° 54).

No sólo nos estudian. Dialogan con nuestras culturas más de lo que imaginamos. Imaginan desde ellos y a partir de nosotros. La Universidad de Nottingham en Ningbo tiene un programa de estudio comparativo sobre cine asiático y latinoamericano. En un coloquio que realizaron en agosto de 2008 en México se presentaron ponencias que analizaban la reelaboración de películas y telenovelas de América latina hecha en India y China. Un ponente comparó los tres remakes de Amores perros, el film de González Iñárritu, realizados en India. Somos vueltos a narrar, no sólo en Hollywood sino en Bollywood.

Vemos más que una fluida circulación de personas, capitales, bienes y mensajes entre lo que llamábamos Oriente y Occidente. Estas dos nociones pierden consistencia, como demostró Renato Ortiz en su libro O próximo e o distante. Japão e Modernidade-Mundo. El analiza diversos ejemplos donde el origen nacional de los logos se diluye: la tasa de crecimiento de McDonald’s en Asia es mayor que en Estados Unidos; los dibujos animados de origen estadounidense se producen ahora, en muchos casos, en países asiáticos, en tanto los manga, el karaoke y ciertos videojuegos que parecían patrimonio cultural japonés se producen y cultivan en centenares de países desprendidos de su marca de origen. “Madona no es norteamericana, en la misma medida en que Doraemon ya no es japonés” (p. 173). Respecto de muchos bienes para vestir y alimentarse, y en deportes como la lucha de sumo, “occidentalidad y japonesidad actúan como referencias sígnicas, pero en ningún momento se constituyen en fuerzas estructurantes del mercado de bienes simbólicos y de los estilos de vida” (p. 148).

La oposición adentro/afuera se desvanece también más allá de China y Japón. Por todas partes las nociones de importar y exportar, viajar al extranjero o volver a lo propio, son insuficientes para describir lo que sucede. No faltan motivos para pensar que ciertos países acostumbrados durante siglos a concebirse como imperios pueden querer expandirse como naciones y subordinar a otras. Pero aun esto hay que imaginarlo de un modo diferente que en el pasado. Los compromisos entre las economías de China y Estados Unidos (debidos, por ejemplo, a las inversiones chinas en dólares), las coincidentes posiciones de ambos países en la reunión de abril del G-20, y los análisis semejantes de esta reunión en la prensa occidental y china, muestran más interdependencia que proyectos distintos o temor a ser dominado por el otro.

Uno se pregunta cómo cambiar los modos de investigar y estar presentes en escenarios estratégicos. En las librerías de Beijing, Shanghai y Tokio abundan traducciones de autores occidentales al chino y al japonés, pocas revistas y diarios en inglés, rara vez publicaciones en francés o alemán, casi nunca en castellano. El gran edificio del Instituto Cervantes en Beijing y el rápido avance del castellano como tercera o cuarta lengua en algunas universidades chinas no tiene correlato en las publicaciones ni en los medios. A diferencia lo que ocurre en varios países latinoamericanos, donde la acción cultural del Estado español es equivalente a las operaciones empresariales (el diario El País, editoriales de Madrid y Barcelona, Fundaciones como Telefónica), en China y Japón las empresas españolas, incluso las que interactúan con Asia, muestran poca elocuencia cultural.

¿Qué decir de los países latinoamericanos, tan receptivos a los capitales y las migraciones asiáticas, en algunos a su televisión y artes visuales, en todos a las copias pirata de videos y ropa hechos en China? Salvo Brasil, no se ve que incluyan a los países asiáticos en su práctica cultural ni en el centro de sus estrategias diplomáticas.

Cinco: artes

Una empresa española que nos impresionó fue Iberia, con su bien equipado edificio de exhibición de arte y libros bilingües editados en español y chino. Está en La Fábrica, también llamada “distrito de Arte 798”, un barrio donde se reconvirtieron viejos establecimientos de electrónica en talleres de artistas, galerías –algunas procedentes de “Occidente”-, mezclados con cafés y pequeños centros culturales de avanzada. Algo equivalente a los que fueron el Soho neoyorkino y cierta zona de Berlín este hace unos años, tomadas y renovadas por artistas, galeristas e iniciativas culturales independientes. En Beijing el reciclamiento anuda empresas con actividades precarias, el arte más cosmopolita, la recuperación de materiales tradicionales y técnicas artesanales con obras que releen paródicamente la iconografía nacional o revolucionaria, en la línea del movimiento Realista Cínico, que logró reconocimiento internacional, mediático y en el mercado: los personajes escultóricos de Yue Minjun, por ejemplo, cuyo gigantismo evoca la monumentalidad de figuras budistas o maoístas, que ríen a carcajadas expresando, según el autor, “un sentido de pérdida, de insignificación del mundo”, se venden hasta en 600.000 dólares.

La pluralidad de búsquedas y el carácter distendido de las calles y las exhibiciones en La Fabrica no permite capturar en la visita de un día, salvo por la multiplicidad de visitantes y el contraste con varios estudios “available for rent”, que el movimiento artístico chino tiene semejanzas con la situación de crisis y replanteamiento occidental. Lo encuentro en un largo informe en el semanario de bussines del China daily (13-19 de abril de 2009). La explosión internacional de la creatividad china, ocupando lugares protagónicos en las principales bienales, ferias, subastas y revistas internacionales, hizo que mientras hace ocho años sólo un artista chino, Cai Guoquiang, estaba en la lista mundial de los 100 mejor vendidos, ahora cinco de los que ocupan los primeros 10 lugares son de esa nacionalidad. También están los que venden por Internet, sin conocer nunca al comprador (los website están en chino, japonés e inglés), los que intentan treparse a ese auge sin éxito y los críticos, como Zhu Qi, alarmados por la vertiginosa dinámica del mercado que lleva más a complacer a compradores occidentales y a coleccionistas chinos recién llegados (“70% entraron al mundo del arte en los últimos dos años”) que a preguntarse si tienen “algo para decir”.

Seis: poesía

El último día en Beijing. En el diario anuncian que Juan Gelman hará una lectura de sus poemas en el Instituto Cervantes. El auditorio está lleno. Lo presenta el profesor chino Zhao Zhenjian, que es su traductor. Destaca los 13 años de exilio de Gelman, su pertenencia al Partido Comunista de Argentina y que renunció y fue expulsado en los años sesentas cuando vivía en China como corresponsal latinoamericano: el PC argentino, que había optado por el estalinismo en la disputa entre la URSS y China, le exigió a Gelman que dejará su trabajo en una agencia de noticias china, Gelman se negó y lo echaron del Partido. El traductor dice que no quiere explicar la poesía por la militancia política de Gelman ni por la persecución que sufrió durante la dictadura argentina, pero una y otra vez recurre a la biografía. Habla como funcionario del Partido y usa los vínculos del poeta con la historia política para enaltecer su obra literaria.

Luego, un poeta chino joven elogia la poesía de Gelman, por lo que tiene de experiencia personal y trabajo con el lenguaje. Sus dos palabras claves para decirlo son “desarraigo” y “desplazamiento”. Al final de su intervención, nombra a unos 10 poetas chinos que están en la sala, comenta la admiración de ellos por el invitado y pide a cuatro, dos muy jóvenes, que lean cada uno una traducción al chino de un poema de Gelman como homenaje. Un power point proyecta la versión china y en castellano simultáneamente.

Se abre, entonces, la participación al público. Varios preguntan al poeta sobre la relación de sus textos con su vida, otros le piden que compare la China que conoció en sus dos visitas, en los años sesenta, con la visión que encuentra ahora. Gelman recuerda de aquella época la preocupación diaria por la alimentación y la subsistencia, y tambien el entusiasmo de la gente por transformar aquella sociedad agrícola y precaria. “En 1964, el camino del aeropuerto a Beijing era puro campo, fertilizado con excrementos humanos. El trabajo y el esfuerzo colectivos eran visibles todo el tiempo, y a veces impresionantes, como en la construcción de las grandes presas, donde miles de trabajadores trasladaban con sus cuerpos grandes piedras. Ahora, al venir del aeropuerto a la ciudad se ven edificios enormes todo el tiempo y grandes centros comerciales”. Hace una breve pausa y agrega: “lo que se ve es fundamental.” Se queda callado y percibe la expectativa de los asistentes para que se extienda. Cierra el silencio sonriendo y con esta frase: “ya saben que los poetas son sintéticos”. Gelman habla ante los chinos con el insinuante laconismo de un maestro zen.

Un diplomático español pide que, dado que Gelman ha luchado por los derechos humanos en su país, diga lo que piensa sobre ese tema respecto de China. El poeta contesta que, al ver ese mismo día, 13 de abril, la publicación en la prensa local del nuevo Plan de Acción de China sobre Derechos Humanos, percibe que la situación está cambiando. Menciona algunos puntos de un texto que ocupa cuatro páginas en los periódicos: no sólo la prohibición de la tortura, sino la obligación de realizar un examen médico a los acusados antes del interrogatorio y otro examen después, así como el requisito de que exista una separación entre interrogador y acusado que impida el contacto físico. También subraya que la ley que acaba de aprobarse, en respuesta a un llamado de las Naciones Unidas para establecer un plan nacional, y en el que participaron organizaciones sociales y universidades, coloca estos derechos en los procesos judiciales junto a capítulos dedicados a los derechos económicos, la seguridad social, la salud, la cultura, los derechos ambientales y religiosos, de las minorías étnicas, mujeres, niños, ancianos y discapacitados. Termina esta contestación diciendo: “Queda mucho por hacer para mejorar la situación de los derechos humanos en China. En muchos países queda mucho por hacer”.

Nuevas intervenciones le piden que hable de la función social de la poesía y que la defina. Dice Gelman: “Ningún poema permite tomar el poder o hacer una revolución”. Se dirige al poeta joven que tiene a su lado y le pregunta si él, cuando escribe, piensa en el efecto social, involucrándolo en la complicidad con su defensa de una literatura que se concentra en decir de nuevos modos experiencias personales. Le insisten que explique su permanencia en China y se manifieste en relación con las posturas ideológicas cuando renunció al PC pro soviético argentino. En vez de plegarse a esa orientación de una parte de la audiencia, dice que, como único periodista de origen latinoamericano en China en aquella época, lo más importante era permanecer en este país para que hubiera alguien que informara sobre China en América latina.

De su tarea como poeta habla en otros términos. “Hago poemas por necesidad, porque no puedo dejar de hacerlo. La poesía se escribe a través de mí. Se han intentado muchas definiciones y ninguna logra decirlo definitivamente. La poesía es un árbol sin hojas que da sombra”.

Siete

Ha dicho otro escritor argentino, Ricardo Piglia, que escribe para saber qué es la literatura. Podríamos decir que hacer turismo en lugares poco predecibles sirve para saber qué es, qué podría ser, el turismo y sus relaciones con el conocimiento, con la política, con nosotros mismos. Al menos, puede cambiar el modo de hacer las preguntas.